Rescate
¡Es urgente! Iván fue atacado por una tiburoneta roja. ¡Te necesitamos!
Creo que ni termino de leer el mensaje y ya salgo disparado de la cama. En el salto, la pierna izquierda se me enreda con la sábana y caigo con la rodilla en el suelo. Si hubiera sido una mañana normal, me quedaría como media hora tirado, quejándome del golpe, pero la urgencia no me lo permite. Por suerte me había acostado con el jogging puesto porque hacía frío; de lo contrario, estoy seguro de que habría salido a la calle en calzoncillo.
Solamente alcanzo a manotear el buzo que está sobre el teclado. Agarro la llave del auto y por poco cierro la puerta dejándome las de casa adentro.
—Tranquilo, necesitas pensar —me digo para adentro—; pero al instante me encuentro bajando las escaleras a los saltos, de dos en dos. Mientras desciendo a toda velocidad, trato de recordar dónde dejé el auto ayer por la noche. Llego a la calle y salgo disparado hacia el parking de tierra que está a la izquierda, donde lo dejo habitualmente cuando vuelvo tarde y no consigo lugar en la calle de casa. A las dos cuadras me acuerdo de que ayer fue lunes, que volví temprano y que el auto está enfrente de mi edificio.
Siento mi cuerpo pesado, no sé para qué sigo tomando esas pastillas para dormir que me prometí dejar.
—Pobre Iván —pienso—, ¿estará bien?
Casi sin aliento, por la corrida de vuelta, me subo al auto de manera tan brusca que me golpeo la cabeza con el marco de la puerta y, al instante, cuando voy con mi mano a tratar suavizar el dolor, como un acto reflejo, me meto el dedo en el ojo.
Tranquilo, tenés que… antes de terminar la frase le doy arranque al auto y salgo arando. En la primera esquina, casi me llevo puesta a una moto que cruza de manera imprudente, al igual que yo. Hago quinientos metros y llega el momento de la decisión. ¿Doblo a la derecha y cruzo la vía o sigo recto por la avenida y me como todos los semáforos?
¿Qué es una tiburoneta roja?
Decido ir por la barrera, que suele ser el camino más rápido, a no ser que… ¡LA REPUTA QUE LO PARIÓOOO!
La barrera comienza a bajar. Tengo como cinco autos adelante. Solo uno atina a pasar y los otros deciden esperar como corresponde. Como corresponde en situaciones normales, pero Iván está…
Sin dudarlo, acelero y me cambio de carril. Paso los cuatro coches que tengo delante y cruzo la barrera. Al momento de pasar, veo el tren que está a unos cincuenta metros. Debo hacer una maniobra para esquivar a un auto que había decidido hacer lo mismo que yo, pero en dirección opuesta, y que se arrepintió a último momento, por lo que estaba ocupando el carril por donde yo debía pasar. Alcanzo a meterme justo entre él y un camión que estaba primero en la fila del carril contrario. Bueno, casi justo, porque el auto completo no terminó de pasar. El espejo de mi lado impactó contra el camión y quedó colgando de los cables, como poniéndole una cuota más de mala leche a la mañana del martes.
Me doy cuenta de que, a pesar del sacudón del mensaje al despertar y la sucesión de inconvenientes, todavía estoy medio dormido. Como que no consigo pensar con claridad.
¿Quién me mandó el mensaje?
Continúo a toda marcha con el espejo de la izquierda bamboleándose como una hamaca, ya habiendo sorteado el que podría ser mi peor obstáculo: el de la barrera.
Este camino lo hice tantas veces que lo conozco de memoria. Siempre es el mismo, vaya a donde vaya. La única variante es la elección de ir por la barrera o por la avenida.
Una vez pasada esa primera decisión, a los cinco minutos viene otra. Pero esa es más fácil, porque depende de a dónde vaya. Si voy al trabajo, es para la izquierda, para el lado del centro. Si voy a ensayar con la banda o a jugar al fútbol, es para la derecha, para el lado del campo.
Ahí, en este pequeño primer momento de lucidez, me doy cuenta de que no sé para qué lado tengo que ir. Intento mirar por el espejo, olvidándome de que me lo acabo de cargar, y en el movimiento descendente que hace al balancearse, alcanzo a ver que la rueda trasera está casi en llanta. Por esa distracción, no doblo ni a la derecha ni a la izquierda. Por primera vez en los quince años que vivo acá, cruzo el puente por debajo y sigo derecho. Enseguida intento volver, pero no hay manera: demasiados autos en los dos sentidos y ninguna esquina en la que doblar.
¿Quién es Iván?
Esa pregunta me paraliza y, aún inmerso en un estado de somnolencia mezclado con ansiedad, pienso ¿Cuántas pastillas para dormir me tomé anoche?
Para mí, Iván es Pillud: el lateral de Racing, el histórico, el que ganó cinco títulos con la Academia; el que ya estaba en el plantel cuando empezamos a ir a la cancha con mis sobrinos, cuando Miguel Ángel Russo era el técnico y el otro lateral era Lucas Litch. Después se sumó mi hija mayor, y algunas veces también nos acompañaba mi ahijada. Nosotros íbamos y veníamos cuando podíamos, en ocasiones todos, otras veces algunos, pero Pillud siempre estaba.
El pensar en Racing y esas lindas épocas hizo que mi ansiedad bajara 1,5 puntos, pero enseguida recordé que estaba por un camino que no conocía, con la rueda pinchada, el espejo colgando; que no sabía dónde estaba yendo y, lo peor, que no tenía idea quién era el Iván por el que había enfrentado tantos contratiempos desde que me había levantado.
En ese momento se pone en rojo el semáforo, el primero que aparece después de casi dos kilómetros de carretera. Qué diferencia, pienso: podrían sacar algunos de los semáforos de la avenida de casa y traerlos para acá.
Casi que agradezco frenar. Hace unos minutos hubiera puteado y seguramente habría tratado de pasar en rojo, pero ahora ya no sentía la urgencia de avanzar, sino más bien la necesidad de aclarar mi cabeza.
Miro el teléfono: tengo seis llamadas perdidas y como diez mensajes. Empiezo a buscar entre los contactos. Pongo “Iván” y solo me sale uno, y no es Pillud. “Iván asesor”, el de la gestoría… esto no tiene sentido. Por las dudas, le envío un mensaje: Iván, ¿estás bien? Pero al instante lo elimino. El semáforo se pone verde. Arranco y alcanzo a ver que me llega una auto-respuesta del asesor: “Gracias por contactarnos, en este momento no lo podemos atender…”
A quinientos metros veo una estación de servicio y decido que voy a parar a aclarar este asunto y a tomar un café. Al llegar veo que además hay una gomería; parece que mi suerte empieza a cambiar. Mi ansiedad baja un poco más, pero lo que no se estabiliza aún es el estado de zombi que tengo.
—Buenos días, bienvenido a la Esso —me dice un chico pelirrojo muy amable.
Miro la placa que lleva en el pecho con el nombre: se llama Néstor. Respiro, le pido un café solo y le pregunto si la gomería está abierta. Me dice que sí.
—Voy a llevar el auto mientras me preparas el café —le digo casi sin pensar.
Salgo y me doy cuenta de que no le respondí el saludo. Me da igual.
Néstor se llamaba un compañero de la secundaria; le decían Pitito por la voz estridente que tenía. Ahora vive en USA… pero qué carajo hago hablando sobre Néstor, necesito tomarme ese café.
El de la gomería me dice que llegué justo, que si la andaba un poco más, iba a tener que cambiar la cubierta y que bla, bla, bla…
Me doy vuelta intentando volver a donde me espera mi café y lo dejo hablando solo. Me siento un poco maleducado, pero bueno, hoy me lo puedo permitir. En ese momento se me nubla la vista y la voz del tipo se me hace lejana. Necesito volver al mini mercado. Alcanzo a escuchar que no sabe si la cubierta va a zafar, porque tiene clavada una tiburoneta.
Me detengo y, de inmediato, no solo recupero mi mirada, sino que se agudiza. Hago foco en el suelo sucio de la gomería. Veo nítidamente tres colillas de Parliament aplastadas y, al levantar la vista —que pasa de normal a biónica en 0,5—, le digo:
—¿Qué dijiste? —Mi pregunta suena tan violenta que, al tipo, se le cae de la boca el cigarrillo que estaba a punto de prender. De reojo, pero sin desviar mi mirada, diviso como diez colillas más desparramadas por todas direcciones.
—Nada, que trataré de salvar la cubierta.
—¿Qué tiene clavada qué? —le vuelvo a preguntar con tono aún más prepotente.
—Una chincheta —me dice mientras se agacha a levantar el cigarro.
Doy un paso adelante. Mi pie derecho queda casi pegado al izquierdo de él, como si le hubiera ganado al “pan y queso”.
—Se dice chinche —le digo, estando casi cara a cara. Me asombro por mi manera de hablar. Parezco un soldado. Su aliento a tabaco me repugna, por lo que me doy vuelta de inmediato y me voy.
Mientras vuelvo a entrar a la estación de servicio, recibo un mensaje de WhatsApp que dice:
“Por su inactividad, hemos perdido a Iván”.
¿Inactividad?, pienso. Miro mi auto por la ventana, con el espejo colgando y la rueda pinchada, y me dan ganas de romper algo. Estoy por sentarme y, en un momento, entiendo todo.
“Rescate”. El estúpido juego basado en inteligencia artificial que me descargué anoche y me ofreció sumarme a un grupo de WhatsApp para jugar en equipos.
No lo puedo creer. Miro la hora: son las 12:10, debería estar trabajando.
Ni bien termine el café, desinstalo este juego de mierda.
Abro el sobrecito de azúcar, le pongo la mitad como siempre. Nunca había deseado tanto un trago de café. Lo revuelvo y, en medio del remolino negro que provoca el movimiento circular, me llega otro mensaje:
Lucas está en una emboscada. ¡Te necesitamos urgente!


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