La sortija

  


A unos veinte kilómetros de la capital vivían los abuelos de Adela, en una gran casa que supo ser hospedaje de familiares y amigos que solían llegar de visita de otras ciudades. 

Las lentejas de la anfitriona, las partidas de cartas entre los adultos y los juegos de los chicos fueron un clásico durante muchos años.

A seis horas en auto, en una ciudad cerca del mar, vivía Leandro, el primo de Adela, quien de vez en cuando viajaba con su padre y sus abuelos para visitar al resto de la familia.

En ese momento Adela tenía nueve años y Leandro siete.

Los adultos estaban tomando mate en una pequeña mesa en el jardín mientras recordaban juegos de su infancia: 

El yoyo, el balero, la calesita…  

Los primos parecían entretenidos cada uno en lo suyo. Leandro pateaba una pelota contra la pared, imaginando jugadas en las que quedaba solo frente al arquero. Adela dibujaba en la mesa de la cocina, pero no tardó mucho en aburrirse y preguntarle a su abuela:


—¿A qué puedo jugar?

—¿Qué estabas haciendo Ade? —Le contestó Alicia —.

—Dibujando, pero ya me cansé.

—¿Y qué dibujaste?

Ella le enseñó la hoja. Había hecho una especie de carpa blanca redonda. 

—¿Qué es? — A su abuela le hacía acordar al dibujo del Principito del elefante dentro de la boa. 

—Es la cosa esa grande que está en la estación.

—Ah la calesita. Tu abuelo justo estaba hablando de eso recién. 

—¿Es una calesita?  No sabía. —¿Y por qué siempre está tapada? 

—Porque está abandonada desde hace unos años. 

“¡No sabes lo linda que era!”, le gritó Chiqui, que estaba escuchando la conversación desde el jardín. 

Si, nos divertíamos tanto, que nos pasábamos las tardes enteras ahí, agregó Quique.

Casi siempre elegíamos el globo aerostático, nuestro rincón favorito dentro de la calesita.

Es verdad, nos encantaba, y que guacho el tano, nunca nos dejaba sacar la sortija, recordó Chiqui.

 

 

—¿Globo aerostático? —preguntaron entusiasmados los chicos.

Los dos fueron tan efusivos en su exclamación que despertaron a Eliana, la más pequeñita de los primos.

—¿Podemos ir a ver la calesita? —preguntó Leandro.

—Si quieren vamos Lean, pero ya saben que está tapada. —Le contestó su abuelo 

—¡Si vamos! —A lo mejor, si levantamos un poco la lona, alcanzamos a ver los juegos. —dijo entusiasmada Ade.

En el camino a la estación, los mayores les contaron que el Tano Greco (el dueño de la calesita) era un personaje entrañable. 

Antes de venir a Argentina, en su país trabajaba de mago y tenía una destreza increíble con las manos. En los años que estuvo abierta la calesita, nunca nadie había logrado sacarle la sortija; pero él siempre se encargaba de regalarle una vuelta gratis a cada chico. Cuando a la segunda o tercera pasada, veía alguna cara de decepción, se acercaba y les decía: 

—¡Acá está la sortija, la tenías en la oreja! —Mientras la hacía aparecer mágicamente. Los chicos se morían de risa.

—Nos moríamos de risa. —Corrigió Chiqui

 

Y ahí iban los tres pequeños. Ade con su mochila con los lápices y el cuaderno, Lean con su pelota inseparable y Eli (quien apenas tenía un poco más de un año), sentada en el carrito disfrutando del paseo.

 

Cuando estaban por llegar a la estación se cruzaron con Renzo, el hijo del Tano Greco,

que era amigo de Quique de la infancia.

—Mira qué casualidad, justo le queríamos enseñar a los chicos la calesita —le dijo Quique a Renzo.

—Bueno, aprovechen ahora, porque a la tarde van a venir los de la municipalidad con una grúa a llevársela —respondió con tristeza Renzo.

—No te puedo creer, dijeron casi al unísono los abuelos —¿Por qué?

—Y viste como es esto, el progreso. En unos meses van a poner unos negocios. 

Mi viejo estuvo años tratando de evitarlo, pero ya no se puede hacer nada. La única manera de que no la sacaran era conseguir un papel que se perdió. 

El tano no era muy ordenado. Anda a saber dónde quedó. Hasta llegó a decirme que podía estar en Italia. Imagínate.

 

Mientras caminaban para la estación Renzo les dijo:

—Esperen un momento, ya que van a ir a verla les traigo la llave. Aunque sea se pueden sacar unas fotos.

 

La cara de los chicos cuando escucharon que iban a poder ver la calesita sin la lona era de pura alegría.

 

—Che y ¿Qué papel es el que se perdió, una habilitación, o algo así? —preguntó Quique.

—No, algo más importante. Según mi viejo, esta fue la primera calesita que llegó a Argentina. Me contó que, desde el Ministerio de Cultura, le habían solicitado al gobierno italiano que les enviaran una, y el paquete incluyó a mi viejo como calesitero. Él decía que está era una réplica de la que tenía su padre en Italia. Pero fue hace tanto que parece una leyenda.

 Me dijo el intendente que, si encontraba el papel con el pedido, podría declararla monumento histórico.

—Uh que cagada ¿Y trataste de comunicarte con alguien de allá? —.

—No, no tengo contacto con nadie. Que yo sepa no tenemos parientes. Mi viejo no volvió más y yo nunca fui —.

 

Con una escalera lograron subir el cierre de la lona y entre los tres adultos la quitaron por completo.

Mientras tanto Ade filmaba ansiosa todo el proceso con el celular que le había prestado Chiqui.  

 

—¿Podemos subir?  —preguntó Lean. 

—Si, pero un momento para sacar una foto —dijo Quique.

Ade y Lean se miraron y no hizo falta que lo dijeran. Ambos salieron corriendo hacia el globo aerostático. 

—¡Esperen a su prima! —dijo Chiqui con los ojos brillosos. 

Los tres posaron para la selfie metidos en el canasto del globo, con el carrito de Eli y todo. 

 

—La última época con mi viejo fue dura, dijo Renzo, que los había acompañado. La calesita ya no funcionaba, pero él se la pasaba todo el día acá. Hablaba solo, como si hubiera chicos .

—Una vez, vine a ver que estaba haciendo, me miró fijo y me dijo: Nunca hay que dejar que te saquen la sortija, porque es mágica. Ahí me acordé que mi viejo siempre repetía el truco ese de hacer aparecer la sortija en la oreja de los chicos, pero no permitía que se la sacaran. 

«Mi viejo afirmaba que él había ido a Italia muchas veces, pero él nunca salió de acá. 

El último día, antes de partir estaba preocupado. Ya no me hablaba del papel extraviado. Me decía que no sabía dónde había quedado el sortijero. Que había que encontrarlo como sea». 

La fantasía de los chicos empezó a volar por sí sola apenas se subieron, pero, para darles una ayudita, los tres adultos comenzaron a empujar la calesita para que girara y así pudieran tener la sensación de que estaba funcionando. 

Cuando iban por la tercera vuelta, a Lean se le cayó la pelota dentro del canasto y al buscarla con sus manos, debajo del asiento encontró algo más duro. ¡El sortijero! Se le iluminaron los ojos. Miró hacia arriba y vio que el globo tenía los colores de la bandera Argentina. Tuvo muchas ganas de sacar la sortija y exhibirla al viento como un trofeo, pero miró a Eli, que estaba en el medio, y le acercó el sortijero para que fuera ella la primera niña de la historia en lograr la hazaña.

Ni bien Eli, con sus pequeños dedos tomó la sortija, las luces de la calesita se encendieron y empezó a sonar una música. Era un ritmo con una pandereta y una melodía de piano. Un tema de Seru Giran que Lean conocía. 

Justo en ese momento estaban en el lado opuesto al de los mayores, que hacían girar la calesita y no podían verlos para compartirles su alegría. El globo, que subía y bajaba según se movía la calesita, se había elevado hasta la parte más alta, y al mirar hacia arriba, Ade vio que los colores de la tela, que antes eran celeste y blanco, habían cambiado.

—¡Mira, ahora es la bandera de Italia! —le dijo a Lean. 

En ese mismo instante los primos miraron a Eli y se dieron cuenta de que tenía la sortija en la mano.

Una brisa en la cara les trajo la novedad: ya no había calesita. Estaban volando en un globo de verdad. 

Del susto, a Ade se le cayó la mochila al vacío. Se lamentó por los lápices y el cuaderno, pero la sensación de volar en globo era tan linda que no se hizo problema.

Cuando ya estaban a punto de tocar el suelo, vieron que la mochila estaba colgada en la rama de un árbol. 

 Aterrizaron en medio de la naturaleza. No había señales de la calesita ni de sus abuelos. 

—¿Dónde estamos? ¿Cómo vamos a volver? —preguntó Lean. 

—No tengo idea.Tenemos que tratar de encontrar a alguien y preguntarle dónde está la calesita.

—Sí, pero esto parece un bosque, no se ve a nadie por aca.

—¿El globo se hizo de verdad y la calesita desapareció como por arte de magia? — Ade todavía estaba tratando de entender.

A los pocos minutos, apareció una señora muy mayor caminando por el bosque. Ellos se asustaron porque parecía una bruja. Pero cuando se acercó, percibieron en las arrugas de su rostro, una mueca amable.

Ade le preguntó si sabía dónde estaba la calesita, pero ella no logró entenderla. 

La señora les dijo algo, pero ellos tampoco la entendieron.

Lean le sugirió a Ade: 

—¿Por qué no le dibujas la calesita? Qué a vos te sale bien.

—Si, pero mi mochila quedó colgada allá en el árbol.

 

Lean pensó un segundo y enseguida tuvo la solución. Por suerte conservaba su pelota. 

La colocó en el suelo, tomó carrera y le metió un derechazo certero que fue directo a la rama donde estaba colgada la mochila. 

Ade sacó la hoja en la que había dibujado la calesita tapada por la lona y se la enseñó, pero la señora no lo entendió. 

“Las personas grandes nunca pueden comprender algo por sí solas”, pensó Ade. Agarró la última hoja que le quedaba y comenzó a dibujar.

 

Se tomó su tiempo y usó todos sus colores. El dibujo le salió tan bien que la señora se quedó fascinada.

—Giostra —dijo la anciana y les señaló para la derecha haciéndoles un gesto, como que iban a tener que caminar bastante.

 

—¿En qué idioma hablaba la señora? Le preguntó Lean.

—Creo que en italiano. A lo mejor estamos en Italia. 

 Así, sin perder tiempo, emprendieron la caminata por el bosque.

 

Caminar no era algo que les gustara mucho. Les parecía aburrido. La verdad es que ambos preferían correr. Pero con Eli no se podía.

Cincuenta metros fue lo que duró el aburrimiento. En seguida buscaron una actividad para hacer en el camino.

Ade se acordó de cuando iban en la ruta con sus padres y jugaban a contar autos. El que encontraba más de su color ganaba. Pero claro, ahí no había autos.

Así que le sugirió a Lean:

 

—¿Por qué no contamos los pájaros que vamos viendo por el camino?

—¡Dale! —Yo me encargo de los gorriones y vos de las palomas.

Al rato, cuando los gorriones iban ganando veinticinco a trece, a Ade ya no le pareció justo y le propuso cambiar y empezar a contar ella los gorriones. Pero en eso pasaron al lado de un pequeño arroyo, en el que una bandada de palomas estaba tomando agua. Ahí ella se arrepintió: 

 

—No, deja, yo sigo con las palomas. 

 

Empezó a contarlas, pero no le alcanzaban los dedos de las manos. De repente, todas salieron volando despavoridas interrumpiendo el conteo, porque un objeto volador que viajaba a gran velocidad, las espantó.

 

—Mejor contemos las veces que nos hacemos trampa. —Vamos uno a uno —dijo Lean muerto de risa, mientras iba a buscar su pelota que había caído en la orilla del arroyito.    

Después de caminar una hora, a lo lejos, alcanzaron a divisar la calesita. Pero al llegar, se dieron cuenta de que estaba cerrada.

 

—A lo mejor el código del candado es el mismo que el de la otra calesita —dijo Ade.

—Sí, pero ¿Cómo lo vamos a saber? 

 

Por suerte, tenían filmado el momento en que sacaron la lona y abrieron la reja.

Alcanzaron a ver en el video los dos primeros números del código: 1-9. El resto no se vio porque el codo de Renzo se interpuso en la imagen. 

  

Tuvieron que probar uno a uno, comenzando por 1901, 1902, 1903… casi hasta agotar las posibilidades.

Finalmente, fue 1-9-7-5, la combinación que destrabó el candado.  

Entraron, y a pesar de la necesidad urgente de volver, trataron de disfrutar el momento y no perderse ningún detalle. 

 

—¿Y ahora qué hacemos? — La pregunta fue de Lean. 

Se miraron. 

—Hay que buscar el sortijero.

 

Revisaron en todos los juegos, pero no aparecía.

Eli se recostó en el carrito. Ya estaba cansada y a punto de dormirse, pero mientras los ojos se le entrecerraban, lo vio. Estaba colgado en la cabina del calesitero. 

 

¡Grande Eli! Gritaron los chicos 

Lean sujetó el sortijero, Ade busco la sortija, que había quedado en el carrito. La introdujo y de repente ¡Zas!

 

No pasó nada. 

 

Los chicos se miran con desánimo. 

 

—A lo mejor tenemos que estar arriba de la calesita —Sugirió Ade.

 

Se subieron los tres, y ahora fue Lean el que probó meter la sortija.  Y… ¡Paf! 

 

Nada. 

 

—Hay que seguir pensando —Lean intentaba conservar la mentalidad positiva.

 

Ade agarro el celular, iba a sacar una foto de la calesita para que les quede de recuerdo y poder mostrárselo a los abuelos y justo cuando apretó el botón se quedó sin batería. Entonces decidió dibujarla.

Sacó el cuaderno y se dio cuenta que no tenía más hojas. Se bajo y busco por todos lados a ver si encontraba un papel para dibujar. Se metió en la cabina donde antiguamente se vendían los tickets y miró en los dos cajones. 

El primero estaba vacío y en el segundo encontró una carpeta con un papel dentro de un folio de plástico transparente, pero estaba todo escrito a máquina.

Por suerte, del otro lado, sí que estaba vacío, así que comenzó a dibujar detalladamente.

Se tomó su tiempo, sobre todo al copiar el cartel con el nombre, para no equivocarse las letras.

 

AI GIOVANI DI IERI

 

¿Qué querrá decir?

 

Hasta en eso se parecía esta la calesita con la otra. 

El cartel de la de allá, también estaba tallado sobre una madera cortada irregularmente. Pero el nombre era otro. Lo recordaba muy bien, porque lo acababa de ver en el video.

 

A LOS NIÑOS DE HOY, decía.

 

¿Sería lo mismo en castellano y en italiano?  

 

—Cuando volvamos y le contemos esto a los abuelos no lo van a creer. Van a poder escribir un cuento con esta historia.
—Sí, si logramos volver —respondió Lean, que ya estaba perdiendo las esperanzas.

Hasta que de repente Ade le dijo:
—A lo mejor la calesita tiene que estar en movimiento.

Volvió a la cabina donde había encontrado la carpeta con la hoja. Ahí vio un interruptor como los de encender la luz y le dio para donde decía sí.
La calesita, luego de un pequeño chillido, comenzó a moverse muy despacio.

—Vamos, primo, hay que subir. ¡Vamos a volver!.
—Los abuelos sí que van a poder conocer nuestra historia. A lo mejor en lugar de un cuento deciden hacer una canción —se entusiasma Ade, mientras observa cómo de a poco empiezan a girar.

—Espero que no sea tarde, había dicho Renzo que hoy se iban a llevar la calesita—recuerda Lean.—Si logramos volver a tiempo eso sí que va a ser suerte —agregó.

—Yo creo que más bien, va a ser Buena Suerte —dijo Ade —como dice en el cuento ese del libro que nos regalaron. 

 

—¡Si es verdad! ¿Quién nos lo regaló, tu abuelo o el mío?

 

—No, el otro señor viejito, el que vive lejos —le respondió Ade. El que quiere que le digan tío, pero que también parece un abuelo.

De a poco, con el movimiento de la calesita, el globo comenzó a subir y bajar lentamente. 

 

—Qué bueno que pudimos dar unas vueltas antes de que se la lleven para siempre —dijo Lean.

—Si hacen una canción con esta historia y termina con que se llevan la calesita, va a ser una canción con un final triste — se lamentó Ade. 

—Si, y si es triste, seguro va a estar en un tono menor. —Lean recuerda que eso le había enseñado su profesor de piano. —Las canciones tristes suelen estar en tonos menores. 

Do menor, Re menor, Mi menor… 

Él se puso a repasar las notas mientras movía los dedos en el aire como si estuviera tocando. 

Fa menor, Sol menor, La menor…

 

—La menor —repitió Ade y abrió grandes los ojos —. 

 

—¡La menor! —.

 

—Eli es la menor. —Ella fue quien sacó la sortija. —Ella la tiene que poner.

 

 

 

 

 

Los tres se acomodaron en el canasto del globo que, de a poco, empezó a tomar velocidad. Con sus pequeños dedos y la ayuda de sus primos, que sujetaban el soporte, la pequeña logró meter la sortija. Todas las luces se encendieron y empezó a sonar la misma canción que habían escuchado antes.

Miraron hacia arriba y los colores de la tela del globo se mezclaron con los del cielo.

 

—Los mejores colores del mundo —dijo Ade con una sonrisa.

 

Esta vez el aterrizaje fue un poco más brusco. El globo se movió de un lado al otro mientras descendía porque había mucho viento. 

Lo primero que oyeron, fue un ruido casi ensordecedor.

 

—¡Un helicóptero! —nunca vi uno tan cerca —Ade se esforzó por hablar fuerte.

 

—¿Queee? —Sin embargo, Lean no logró escucharla.

 

Dejaron el globo al costado de la vía donde cayeron y comenzaron a caminar. 

No les hizo falta preguntar a nadie. Ade conocía el camino.

 

—¿Estarán filmando una película? —Lean se asombró porque había una camioneta de un canal de televisión. 

También les llamó la atención que había muchos policías. 

—¿Que es todo este lío? —se preguntó Ade.

 

El brazo de la grúa se alcanzaba a ver por encima de los negocios de la estación. 

El primero que los vio fue Renzo y le dijo al policía que tenía al lado: —¡Ahí están! 

 

Lean miró para atrás algo sorprendido, como intentando ver a quien señalaban. 

Ade, que llevaba en la mano la carpeta que había tomado prestada con el papel para hacer el dibujo, miró al policía y le dijo: —Yo la iba a devolver. —Solo la agarre para dibujar.

 

La grúa levantó un poco la calesita, la cual se inclinó y el cartel con el nombre se descolgó y cayó.

 

Los abuelos, que estaban hablando con los bomberos, vieron a los chicos y como si la imagen se hubiera puesto en cámara lenta, empezaron a correr hacia ellos.

 —¿Quién puso tan lenta la película? —preguntó Lean.  

—No, ellos corren así porque están viejos —contestó Ade. 

 

El que llegó primero fue Renzo, no porque corriera más rápido, sino porque estaba más cerca. 

Ade le dio la carpeta para que vea el dibujo que había hecho, y él se quedó asombrado mirándola. 

 

En ese momento llegaron los abuelos y entre lágrimas, abrazaron a los chicos. 

Renzo también lloraba en medio del abrazo, pero lo que él estaba abrazando era la carpeta.

Ade lo miró con asombro y pensó: “cada vez dibujo mejor”.

             

 —¡Con esto podemos salvarla! —Gritó Renzo levantando la carpeta, y emprendió la corrida de vuelta.

 

La grúa iba por el segundo intento de levantar la calesita.

 

Ade lo miró y pensó, “a esa velocidad, para cuando Renzo llegue, la calesita ya va a estar por San Isidro”; así que le quitó la carpeta de las manos y salió corriendo. Llegó en pocos segundos, eludiendo el perímetro de seguridad, y se subió a la calesita. 

El que dirigía todo desde abajo le hizo una seña al conductor de la grúa para que se detuviera.  

  

Una vez arriba, Ade le gritó:

—¡Paren esta atrocidad! —no se la pueden llevar, tengo este dibujo. —Mientras levantaba la carpeta.

Renzo se río y le dijo —No, lo que está del otro lado de la hoja.

 

Ade en medio de la confusión se quedó pensando. ¿Qué es atrocidad, de donde saque eso?

 

Renzo le dijo al director del operativo que llame al intendente, que por fin había encontrado el papel que estaba perdido y que la calesita se iba a quedar ahí. 

Mientras el director y Renzo estaban hablando, los abuelos se pusieron a mirar la carpeta y examinaron de los dos lados el papel que estaba adentro.

—¿De dónde sacaron esto? — Quique estaba tan asombrado por el papel firmado y sellado, como por la calidad del dibujo.

—De la calesita, pero de la otra —respondió Lean y los abuelos se miraron incrédulos.

—¿Qué otra calesita? —Ahora el que interrogó fue Chiqui.

Ade le señalo, dentro del dibujo, el cartel con el nombre. “AI GIOVANI DI IERI”

Como por inercia, al mismo tiempo, los abuelos miraron el lugar donde estaba el cartel, pero se había caído hacía unos minutos. Ellos recordaban perfectamente el nombre de la calesita, pero el cartel que ahora estaba en el piso y había caído del lado del reverso, tenía tallada la frase: “AI BAMBINI DI OGGI” 

 

—Mirá Renzo, a ver si vos entendes algo —Quique no salía de su desconcierto.

 

Examinando el dibujo de Ade y el cartel de la calesita, se dieron cuenta, que las maderas de ambos carteles estaban cortadas de forma irregular y que encajaban perfectamente una con la otra. 

El cartel de acá estaba tallado por ambos lados.

 

—Es la misma frase, pero en italiano —dijo Renzo.

 

Este que está acá en el piso dice: Ai bambini di oggi = A los niños de hoy.

 

—El cartel del dibujo tiene tallado: Ai giovani di ieri = A los jóvenes de ayer.

 

—A ver si les puedo explicar, mientras yo también termino de entender —continúa Renzo.

 

              —Mi viejo vino de Italia siendo muy joven. Aceptó la propuesta de mi abuelo de emigrar a una tierra lejana, con un idioma que no conocía, dejando su carrera de mago y adoptando el oficio de calesitero. 

 

—Hay una frase que la tengo grabada, como si me la hubieran tallado en la cabeza, porque él me la dijo muchas veces. Vieron como son los viejos que repiten todo. —Renzo los mira a Quique y a Chiqui y los tres se ríen.

    

Él me dijo: —Cuando vi a mi padre partiendo en dos el cartel con el nombre de la calesita fue como si se me partiera el corazón. — 

—Esa frase la repase muchas veces en mi vida —Renzo se quiebra mientras lo recuerda. —Perdonen, es que es muy fuerte para mí ver en este dibujo tan real, el cartel del que tantas veces él me habló.

 

—No tenes porqué disculparte, al contrario, te agradezco que nos compartas tu emoción. —Quique, quien también se sensibilizó con el recuerdo y se fundió en un abrazo con Renzo.

 

En medio de la emoción y de los abrazos, escucharon un sonido suave, metálico y rítmico. A la pandereta se le sumó el bajo y la guitarra que sostenía marcando siempre el mismo acorde. Recién cuando llegó la parte más reconocible de la introducción, que es la escala en el piano, los adultos se dieron cuenta de dónde venía esa música. Lean, con el celular de su abuelo, había puesto “A los jóvenes de ayer”.

 

Los niños, se abrazaron formando una ronda y aprovechando las ruedas del carrito, empezaron a girar al ritmo de la canción.

 

Comenzó la letra del tema y los tres adultos, entre lágrimas, abrazos y sonrisas, se sentían, como decía Charly García, “como borrachos en la esquina de algún tango”.

 

Renzo miro al cielo y puedo imaginar a su padre de joven viendo el momento en que su abuelo cortaba con el serrucho el cartel de la calesita.

 

Ai bambini di oggi - Ai giovani di ieri 

 

Los chicos, sin decir nada, emprendieron el camino hacia la casa de Chiqui. La imagen de los tres yéndose de espaldas más unidos que nunca, es lo más hermoso que los abuelos  habían visto en mucho tiempo.

Que rápido están creciendo, pensaron ambos.

 

Quique le dijo a su hermano: —Vamos, antes de que se nos pierdan y nos quedemos otra vez sin nietos.


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