Música en el cielo
Ahora que estamos más cerca quiero aprovechar para contarte algo que me pasó hace unos días. Es una pequeña anécdota así que seguramente seré breve. Aunque, con el antecedente de la última vez que intente contar algo por escrito, no te lo puedo asegurar.
Hace mucho que no hablamos, me ha costado que nos conectemos últimamente. Me he conectado conmigo mismo, y me gusta pensar que eso también es conectarme con vos.
No te asustes porque te digo que estamos más cerca. Diez mil quinientos pies dijo el piloto, o metros, la verdad no estoy seguro de lo que escuché. No me acuerdo cómo se mide la altura en los vuelos.
Estoy viajando a Buenos Aires por lo de la casa, ¿viste? Al final parece que se va a vender.
Tengo la sensación de que todo este tiempo paso muy rápido.
Me pregunto cómo la veré, a la casa digo.
¿Me parecerá más grande o más chica?
Seguramente algunos ambientes lucirán más lindos. Sé que la gente que estuvo viviendo estos años pintó y arregló el cuarto de los chicos y el living en donde tenías la mesa de trabajo, la que los últimos años no usabas mucho. Antes sí que la usabas, pero en otro lado. Recuerdo verte arreglando relojes sobre esa mesa, pero en el comedor, aprovechando la luz del día que entraba por la puerta como un manantial.
¡Cómo te gustaba estar al sol! Una de las cosas que heredé de vos.
¿Podes creer que ahora me tengo que cuidar de él?
Después del lunar que me sacaron de la espalda, cuyo análisis no salió nada bien, tengo que estar protegido; pero bueno, después te cuento sobre esto.
Ahí sí que creí que íbamos a estar más cerca de verdad.
En este mismo momento, mientras voy en el avión, está jugando Argentina con México un partido clave del mundial y ¿sabés qué? ya no me importa tanto el fútbol como antes. Creo que me estoy volviendo un poco como vos en ese sentido.
Acabo de terminar de comer y en la pantallita que está en la parte trasera del asiento de adelante, y que tengo a medio metro de mi cara, dice que faltan diez horas y seis minutos para llegar a Ezeiza.
¿Cuánto será medio metro en pies?
¿O esa forma de medición solo se utiliza para referirse a la altura?
No sé por qué, pero tengo la intuición de que vos tendrías la respuesta.
Tenía miedo que no hubiera opciones vegetarianas para comer en el avión, pero por suerte cuando la azafata llegó a mi asiento dijo “solo nos queda pasta”. La opción de pollo se había agotado un par de filas más atrás.
La señora que está a mi izquierda, del lado de la ventanilla, no se puso tan contenta de que solo quedara pasta para comer, cuando la chica nos dijo que no se podía elegir, exclamó ¡Uh! O a lo mejor dijo ¡Hu!, la verdad no presté especial atención y no escuché bien si puso la H delante o atrás.
Hasta ese momento pensé que la de al lado era extranjera, y no fui el único. La chica que nos ofreció la comida le habló en inglés. Al ver que ante la primera frase de que solo quedaba pasta no respondió de inmediato, entonces le dijo “no meat, only pasta”. Recién cuando le preguntó qué quería tomar y le dio todas las opciones en inglés ella le respondió Sprite y agua. Combinación rara (me dije para adentro), pero pensándolo bien es como pedir vino y agua. El vino para darse un gustito y el agua para terminar de acompañar la comida. Tal vez el hecho de que Sprite y agua fueran del mismo color hizo que me pareciera una opción un poco tonta, pero no me hagas caso.
No sé por qué pensé que era alemana mi acompañante. Tal vez por ese impulso o costumbre de buscarle las partes místicas a las cosas. No sé si me entendes. Como en el primer cuento que escribí (el cual nunca publicaré porque es muy malo), dije que habíamos viajado a visitar con mis hermanos la ciudad donde había nacido mi abuela paterna, me vino esa loca idea.
Reencarnación, espíritus y quién sabe qué otras cosas más se me cruzaron por la cabeza. Además, lo relacioné con un capítulo del libro que escribió Cachi, Gracias Silo, que se llama Bruno en la montaña. Eso sí que no era cuento. Lo sé por qué mi hermano lo aclaraba al comienzo.
Bruno, el personaje principal de la historia, tenía un encuentro místico luego de hacer un pedido a su abuelo, que había fallecido hacía muy poco. Lanzaba un deseo al universo para que su abuelo lo acompañara en su viaje por la montaña y en el camino se encontraba con una pareja de personas mayores y el hombre se llamaba Antonio Nieto. Casualmente igual que su abuelo.
Luego de acompañarlo en parte del recorrido de su viaje, la pareja desaparecía misteriosamente.
Para completar la escena que me había imaginado, mi compañera se tenía que llamar igual que mi abuela, que, a decir verdad, me avergüenzo de reconocer que no me acuerdo cuál era su nombre.
¿Sería Berta? ¿Llevaría H? Seguro que sí. Era extranjera. Pero ¿la H iría al final, o antes de la A? Si hubiera prestado atención cuando ella exclamó UH como respuesta ante su decepción alimenticia, tendría una idea más clara sobre esto. Pero las posibilidades de saber su nombre eran muy pocas. Yo no le iba a preguntar y ella parecía aún más callada que yo. De hecho, creo que no me había hablado ni para pedirme permiso cuando llegó a la fila quince y tenía que pasar para ocupar el asiento A. Yo a la hora de elegir había preferido el B. El del pasillo. Para no tener que molestar a nadie cada vez que quisiera ir al baño.
La única posibilidad para que yo pudiera probar alguna de mis suposiciones era, por ejemplo, que la azafata se acercara y le dijera, “Señora Hofmann, o mejor dicho Mrs. Hofmann we don’t have more meat, only pasta”
En ese momento yo hubiera pensado” que casualidad”. Pero ¿Ese era el apellido de mi abuela?
No puede evitar relacionar esto con la escena de una película cuyo nombre no recuerdo, en donde la protagonista decía que la gente todo el tiempo busca coincidencias, y empieza a contar cuánta gente de los que están ahí tiene su mismo signo. La escena épica termina diciendo “Entonces ya somos Gachi, Pachi, ella, el novio, el ex novio, yo y estos dos pelotudos, todos de sagitario”.
En este momento, el piloto del avión nos avisa que Argentina acaba de marcar el segundo gol. Le gana 2 a 0 a México en lo que, a priori, parecía que iba a ser un partido para el infarto.
El primer tiempo había terminado empatado y si no ganábamos estábamos prácticamente afuera del mundial.
La verdad yo pensaba que no me iba a enterar del resultado del partido hasta que bajara del avión.
Me imaginaba que me daría cuenta por el semblante de la gente en el aeropuerto.
Es increíble cómo puede cambiar el estado de ánimo de las personas según el resultado de un partido de fútbol.
Se podían dar los dos escenarios: caras largas y malos tratos para los que llegábamos si habíamos perdido, o la mejor onda y una especie de “siga, siga”, por parte de los trabajadores del aeropuerto si habíamos ganado.
Cuando faltan nueve horas y seis minutos, nos acaban de avisar que el partido terminó así: 2-0, me pongo contento por un lado y por otro me arrepiento de no haber traído algo de contrabando para aprovechar el buen ánimo y el “siga, siga” del personal aduanero.
Llevo un par de horas escribiendo y todavía no te conté lo que quería cuando empecé este relato.
La historia comienza así:
Salí de casa con el auto, iba camino al trabajo por dónde siempre, de Cala de Bou a Ibiza pasando por Ses países. Ya sé lo que dirías, es como si te estuviera escuchando. Seguramente harías un chiste con lo de Ses Países y dirías algo así como “si tenes que pasar por seis países vas a tardar un montón”. Yo mismo hago ese tipo de chistes a menudo. Tengo muy claro, desde hace tiempo, que llevo conmigo tu sentido del humor. Y lo que me di cuenta hace poco es que tu mal humor también lo heredé.
En este momento se está moviendo un poco el avión y el piloto nos pide que nos abrochemos el cinturón. Desde luego yo ya lo tenía abrochado. Me lo saqué solo una vez, cuando fui al baño y, por suerte, no tuve que molestar a la señora de al lado. La que por un rato se hizo pasar por alemana y hasta quiso usurpar el nombre de mi abuela. Si seguía con su plan, le hubiera salido redondo porque con el buen ánimo del personal del aeropuerto, ni hubieran notado su identidad fraudulenta.
Retomó lo que te contaba. Iba por ese camino por el que anduve tantas veces y pasó algo mágico.
Venía escuchando un podcast —es como un programa de radio, pero grabado— y vi algo que duró solo un instante. Ni un segundo, diría.
A pesar de estar muy pendiente de lo que escuchaba durante el viaje en auto, pude ver y disfrutar de ese breve momento.
¿Tuviste la sensación alguna vez de que las cosas se acomodan o se alinean como por arte de magia?
Bueno acá sucedió de manera literal y te lo quiero contar aprovechando este momento de conexión, ya que estamos más cerca. Porque sé que en nuestra anterior relación no te lo hubiera contado. Me hubiera parecido tonto. Me hubiera dado vergüenza.
No tuvimos una relación muy cercana y creo que nos faltaron historias. Vos sí que me contaste varias, sobre todo en los últimos años, pero yo creo que no. Me costaba mucho abrirme y si te contaba algo seguro era superficial o sobre otra persona. Algo que no incluía mis sentimientos o emociones.
No solo nos faltaron historias, nos faltaron muchas cosas más.
En este momento el avión se empieza a mover un poco más que antes, como si lo estuvieran zarandeando (dirías vos).
¿Por qué no nos habrán dado un sacudón a nosotros para que reaccionáramos y nos conectáramos más?
Tal vez nos lo dieron, pero teníamos el cinturón puesto.
Lo que se alineó esa vez que te estoy contando, pero de manera literal, fueron los cables de la luz que atravesaban la calle por la que yo iba.
Mi compañera de asiento abre la persiana y alcanzo a ver miles de luces en miniatura. Estamos pasando sobre una ciudad, pero no tengo ni idea de cual es. Pienso en mirar en la pantallita que tengo a medio metro de mi cara, para ver en el mapa y en ese momento ella hace exactamente eso. Siento ganas de espiar su pantalla, pero me da vergüenza que se dé cuenta y ahora tampoco me animo a prender la mía por que parecería como que me estoy copiando.
Me quedaré con la intriga.
Otra coincidencia, me digo para adentro, los dos pensamos lo mismo al mismo tiempo. A lo mejor sí que es mi abuela reencarnada. No creo que todas las personas que vuelven a nacer lo hagan en el mismo lugar y hablen el mismo idioma que en la vida anterior. Aunque pensándolo bien, tal vez todos los que miran por la ventana y ven luces de una ciudad inmediatamente prenden la pantalla y miran el mapa para ver por dónde van y no por eso son parientes míos.
El hombre que está en la fila de adelante, en diagonal, reclina el asiento y la pantalla de la señora, que al final no era alemana ya que tiene acento porteño, queda a cuarenta y cinco centímetros de su cara. Ella ya la apago hace unos minutos y me vuelven las ganas de prender la mía y mirar el mapa, pero es muy pronto ¿Cuánto tiempo tendría que pasar para que pueda mirar el mapa en la pantalla sin parecer que me estoy copiando?
De repente siento temor de que ella esté mirando de reojo lo que escribo y se dé cuenta de que estoy hablando de ella, pero la verdad tendría que ser adivina para entender mi letra. Además, en el caso de que mirara, entendiera mi letra y se diera cuenta de que la estoy nombrando, ¿Se animaría a decirme algo? Estaría asumiendo que está espiando lo que escribo.
Retomando: No es que los cables se hayan alineado, en realidad ya estaban alineados y lo que se alineó fue mi visión de los cables, ya que estos atraviesan la calle, pero no de manera perpendicular, sino que van en diagonal y lo que uno ve, va cambiando a medida que el auto avanza. Por un momento parecen estar todos juntos, luego se van separando.
Duró tan poco ese momento y fue tan intenso que lo tomé como una señal.
¿Qué me hubieras dicho si te contaba esta historia en nuestra anterior relación?
A lo mejor me sorprendías diciéndome que siguiera la señal que el universo había puesto delante de mis ojos. Que era el momento de apostar por la música. La verdad no lo sé, pero estoy seguro que no te lo hubiera contado.
Ahora el que intenta reclinar el asiento es el que está delante de mí, pero no lo logra, por lo que la pantalla sigue a medio metro de mi cara. Yo no lo he reclinado aún. No paré de escribir desde que me subí. En realidad solo paré para comer y para ir al baño. Tenía ganas de que habláramos y de contarte esto aprovechando que estamos más cerca.
Debe hacer como cuatro horas que escribo, es increíble cómo bajó la tinta de mi lapicera. Era nueva y está por la mitad. Bueno en realidad supongo que el cartucho no estaba hasta arriba de tinta, por lo que creo que habré gastado más o menos un cuarto del mismo.
Hago una pausa, me pongo a contar para ver cuántas páginas llevo escritas. La señora de al lado duerme. Espero no le moleste la luz que ilumina mi pequeña libreta.
Ya escribí catorce páginas. Una vez más, mi poder de síntesis fracasó. Pero qué querés que te diga. No sé cuándo vamos a estar así de cerca otra vez y te voy a poder volver a contar cosas.
A lo mejor quiero recuperar en un viaje todo lo que no te conté en nuestra relación anterior. Es que siento que nos faltaron muchas cosas: nos faltó discutir, nos faltaron peleas, reproches, elogios. Nos faltó admiración y rechazo, o al menos nos faltó decirlo. Nos faltaron abrazos y puteadas, consejos, críticas, risas y llantos. Flores y re trucos. Mates, días de pesca y vacaciones.
Por decirlo de manera optimista, el vaso quedó un cuarto lleno.
Quiero terminar la historia que te contaba. Mientras avanzaba con el auto y escuchaba la conversación que salía por los parlantes, justo antes de llegar a la rotonda, miré para arriba, no me preguntes por qué, pero fue en el momento justo.
¿Viste cuando mirás y son las once y once? Pensás: qué loco… podría haber mirado un minuto antes o después, pero no: justo en ese momento.
Gracias a esa sincronización mágica pude ver cómo los cables que atravesaban la calle se alineaban ante mis ojos… y se desalineaban enseguida.
Cinco cables formando un pentagrama.
Y, en ese mismo instante, unas gaviotas lo cruzaban de izquierda a derecha, dibujando notas musicales en el aire.
Duró menos de un segundo pero se quedará en mi vida para siempre.
Se lo contaré a mis hijas y seguramente se lo cuente varias veces. Ya sea porque me haya vuelto viejo y me olvide, o por el miedo a que nos queden cosas sin contar.
Quiero aprender la lección de todo lo que nos faltó y no repetirla. Al hacer eso siento que lo trascendemos y cerramos la herida.
No me puedo arrepentir de lo que nos faltó porque en ese momento no me daba cuenta, era lo normal. De lo que sí me arrepiento es de no haber estado para despedirte, de no haber llegado a tiempo.
Se que nos conectamos esa tarde de Buenos Aires y noche de Ibiza, cuando me avisaron que no estabas bien y fui al mar a hablarte a la distancia.
Me arrepiento de no haber estado en ese momento, qué querés que te diga, y encuentro ahí otra coincidencia.
Por alguna caprichosa razón del destino, vos no estuviste para despedir a tu papá y yo no estuve para despedirte a vos.
Quedan seis horas y cincuenta y seis minutos para llegar y acabo de ver en la pantalla que estamos atravesando el océano. Creo que hoy si nos conectamos, estuvimos más cerca.
Cuando ví ese pentagrama hecho de cables podría haber seguido escuchando el programa de radio grabado y mirando para adelante, pero miré para arriba, me conecté y ahora tengo una anécdota para contar. La del día que vi “música en el cielo”. Y vos fuiste el primero en escucharla.
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Hermosooooooo 💚 💚
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