El grabador
Desde hacía un tiempo venía escuchando sobre el minimalismo y sus beneficios y estaba dispuesto a realizar una buena limpieza en casa. Tenía tantas cosas acumuladas que ni yo lo sabía. Así fue que decidí comenzar por el altillo porque era obvio que ese era el primer lugar a atacar. Había cosas desde hacía por lo menos veinte años: cajas vacías de electrodomésticos, planchas de telgopor (que seguramente venían acompañando a alguno de esos aparatos), cuadernos viejos y varias cosas inútiles más; entre ellas un viejo grabador que había estado en mi familia por más de cuarenta años. Tal vez por eso, por el tiempo que llevaba con nosotros, era que me había dado pena tirarlo. Aunque al ver tantas cajas y cosas inservibles guardadas, no hacía falta buscarle una justificación sentimental. No lo había tirado porque yo no tiraba nada y punto.
Empecé por poner a un costado todo lo que pensaba desechar y, en ese momento, Pía me preguntó desde abajo:
—¿Querés que prepare unos sándwiches y vayamos a comerlos a la playa?
—Ahora no —le contesté.
Ya le había dicho que el domingo a la mañana lo quería dedicar a acomodar ese lío.
Venía bien y con buen ritmo en mi limpieza tirando cuanta cosa se ponía delante de mis ojos, pero al llegar al grabador me tomé mi tiempo. Era domingo, era temprano y la verdad no pasaba nada si en vez de cuatro horas tardaba seis en dejar el altillo vacío, o al menos transitable.
Acompañando al grabador había una caja con casetes vírgenes que usábamos para grabar hace mucho tiempo, ya fuera temas que pasaban en la radio o algunos cantados por nosotros. Creo que habría unos seis o siete.
Yo ya había tirado un montón de esos hace unos años, luego de haber digitalizado algunos fragmentos que quería conservar. Hoy no me perdonaría haber perdido las canciones cantadas por mi mamá, mi madrina, mis hermanos o yo mismo de adolescente con mi amigo el Gordo.
Al mirarlos uno por uno, seleccioné tres para escuchar brevemente.
En la etiqueta de uno decía “Cachi y mami”; creo que la letra era de Petizo.
Otro tenía el nombre de “Pedo Natural” (lo habíamos grabado con el Gordo una vez que estábamos borrachos: improvisábamos canciones mientras nos divertíamos y desafinábamos mucho).
Me sacó una sonrisa volver a leer ese título.
El tercero, en cambio, me hizo reír con ganas: la etiqueta estaba rota y apenas decía “my life”.
Eso me dio gracia. my life. “Mi vida no entraría en este pequeño dispositivo”, me dije. Si al menos fuera un disco de 1 TB.
Este último casete era marca Crown, al igual que el grabador. En una época, en casa, había un montón de esos que venían con etiquetas naranjas.
Me acordé instantáneamente de ese. Yo mismo había grabado de la radio varios temas, como hacíamos antes, cuando escuchábamos un programa e intentábamos robarnos canciones para poder disfrutarlas cuando quisiéramos, sin necesidad de comprar ningún disco.
Claro que, en general, lográbamos grabarlas incompletas o interrumpidas antes de tiempo por algún locutor malintencionado que hablaba cuando la canción aún no había terminado.
En este yo había conseguido capturar algunas de Queen en vivo.
En la etiqueta recuerdo haber escrito “Love of My Life”, pero al faltarle un pedazo había quedado “My Life”.
Enchufé el aparato pensando que no iba a funcionar, pero para mi sorpresa andaba; al menos la radio se escuchaba bien.
Puse entonces el casete en cuestión mientras recordaba el día en que lo había grabado. Estaba casi seguro de que había sido un sábado.
Me sonaba que, un rato antes de que me acomodara para disfrutar del recital que iban a pasar por la radio, mi viejo había estado escuchando a Mochín Marafioti. Lo hacía cada semana. El programa, creo, se llamaba “Esa vieja música de locos”.
Pulsé Play para probar y la casetera también funcionaba. Estaba sonando justamente Love of My Life. Era la parte en que Freddie deja cantar al público.
Una vez más se me puso la piel de gallina. Qué increíble debe ser que tanta gente cante con pasión algo que vos escribiste.
Quise escucharla desde el principio, pero recordé que no estaba completa. Había logrado grabarla justo desde donde empezaba la letra, quedando afuera la parte instrumental del comienzo.
En esas épocas conocíamos de memoria el contenido de los casetes, de tanto escucharlos. Ya fueran originales o de los que grabábamos nosotros, no había detalle que se nos escapara.
Sabía perfectamente que, si al rebobinar el casete me pasaba, iba a escuchar un pedacito de lo que había estado grabado antes. Algo que yo mismo había borrado o sobregrabado a propósito.
Un instante antes de que empezara Freddie con Love of My Life, venía algo que había grabado mi mamá y que yo no soportaba.
Se trataba de Joselito cantando Campanera. Era la parte que decía:
—“Tú eres la llave de la verdad. Dicen que no eres buena…”
Y justo ahí llegaba la salvación.
—“Love of my life… you hurt me…”
Recordé la sensación de alivio cada vez que Freddie tapaba la voz de ese niño insoportable.
No quería por nada en el mundo volver a escuchar esa voz estridente, así que decidí jugar a lo que jugábamos cuando yo era chico. Me lo había enseñado Petizo y consistía en cerrar los ojos y rebobinar el casete, tratando de parar justo en el comienzo de la canción.
En ese momento pensé: “qué absurdo”. ¿Por qué cerrábamos los ojos? Como si uno, teniéndolos abiertos, pudiera hacer trampa y ver por dónde iba la canción.
Me concentré y, aunque me sentí un poco tonto, los cerré. No iba a cambiar ahora las reglas del juego de Guengue.
Mi hermano del medio es una de las pocas personas que conozco que tiene dos apodos: Petizo y Guengue.
Luego de jugar un rato, aunque me doliera, iba a deshacerme de los casetes y del aparato (me refiero al grabador, no a mi hermano). No tenía sentido conservarlo: podía escuchar todas las canciones de Queen que quisiera en Spotify.
En el momento en que estaba por rebobinar me acordé de mi hermano diciéndome:
—¡Con ese no, con ese no!
Esa frase había quedado para la historia en nuestra familia. Estaba grabada, justamente, en uno de esos Crown de etiqueta naranja. Había sucedido cuando yo era muy chico y mi hermano me retaba, explicándome que con ese botón no se detenía la grabación
Me salió una carcajada. La verdad, ya estaba siendo una buena mañana: productiva y divertida.
—¿Con ese no? ¡Tomá! —dije, y le di al Rew.
Calculé unos diez segundos y paré. El botón de Stop estaba justo a la izquierda y lo apreté de memoria, aún sin abrir los ojos.
El de Play no me acordaba donde estaba y, por miedo a escuchar otra vez a mi hermano protestar por los botones, antes de apretar a ciegas decidí mirar.
Estaba por abrir los ojos y pensé:
Por favor, ¡Joselito no, Joselito no!.
Los abrí lentamente, buscando el botón de Play, y al ver mi mano sobre la botonera salí expulsado hacia atrás, como si el aparato me hubiera dado una descarga eléctrica. No parecía mi mano: mis dedos eran pequeños, como los de un niño.
Por el impulso me golpeé la espalda contra la cama y me quedé en shock por un momento. Enseguida supe dónde estaba. Era Necochea y yo tenía unos cuatro años.
Quise llorar desesperadamente, gritar, no sabía qué hacer.
Estoy soñando, pensé.
Cerré los ojos, los volví a abrir. Me pegué una cachetada, pero todo era muy real.
En ese momento escuché a mi mamá hablando en la parte de abajo de la casa. Estaba con mi madrina Toti. Quise bajar a verla, pero no me animé. Tenía que intentar volver.
Miré por la ventana y vi a mi papá en el jardín, poniendo la manguera con el regador. Quería gritarle algo desde arriba; necesitaba volver a escuchar su voz, saber si podía verme.
A pesar del shock en el que me encontraba, pensé en esa frase: saber si podía verme. Mi psicóloga se hubiera hecho una fiesta con eso.
Escuché a alguien subiendo la escalera. Podía ser Petizo. No sabía qué iba a pasar si me veía. Tenía que salir de ahí.
Volví a cerrar los ojos y le di al botón de adelantar (FF). Traté de contar otra vez diez segundos. El corazón me latía a mil. (Mi cardiólogo también se hubiera mostrado interesado en ese momento de taquicardia).
Pulsé el Stop. No me animaba a abrir los ojos. Intuía que ya no estaba en Necochea.
Había silencio. Percibía mucha luz, más que antes. Debía estar al aire libre.
Los abrí. Estaba en mi casa, la otra, la de Boulogne. Yo era grande, pero no sabía cuánto.
Estaba sentado en el pasto con el grabador al lado mío conectado a un alargue.
Supuse que tenía que adelantar más el casete; todavía me faltaba para volver a donde estaba hacía apenas cinco minutos.
Esto no puede estar pasando, me dije. Respiré profundo dos veces y, antes de volver a intentar adelantar el casete, me animé a caminar un poco por el pasto.
Me vi reflejado en los ventanales del quincho. Tenía el pelo muy largo. Sentí nostalgia.
En el reflejo vi también, más atrás, en el patio a mi mamá. Me miró. Me dio escalofríos. Estaba sentada, tejiendo.
Volví al grabador para adelantar. Le di apenas al botón y, al volver a abrir los ojos, mi mamá seguía sentada en el mismo patio, pero ahora en la silla de ruedas. Ya no tejía. Ya no me miraba.
Apenas fue un abrir y cerrar de ojos, pensé. Cómo pasa la vida. ¿La habrá disfrutado?
Volví a darle con dos dedos. Hice FF/Stop casi al mismo tiempo.
Ahora, en el jardín, había una planta nueva. Supe que mi mamá ya no estaba.
Tuve un momento de lucidez y le di Play para ver por dónde iba el casete. Tenía que volver a la parte del público cantando Love of My Life. Faltaba muy poquito.
Adelanté dos segundos y el público estaba cantando.
Ya casi, pensé.
Quise adelantar un poquito más y casi se me para el corazón. El grabador no andaba. Le di al Play y nada. Apreté otra vez FF. No había caso.
Por un momento pensé —y tuve la esperanza— de que se hubiera cortado la luz. Ese sería el mal menor, comparado con que se hubiera roto el grabador.
Entré al quincho y comprobé con alivio que, efectivamente, no había luz. Crucé el patio y, pasando por el comedor, fui al living donde estaba el disyuntor. Rogué que fuera eso.
Comprobé que la térmica había saltado. La subí y escuché el motor de la heladera arrancar. Suspiré aliviado.
En ese momento mi viejo me dijo:
—¿Qué haces vos acá?
Me quedé duro.
—No te escuché entrar —agregó.
Le dije que recién llegaba, que había venido a buscar algo, pero que tenía que irme rápido.
—¿Querés comer maní? —me pregunta.
Mientras sacudo la cabeza negativamente, mi voz dice que sí. Me doy cuenta de que nunca volveré a tener la oportunidad de hablar con él.
Nos sentamos en el comedor. Trae la pava que acaba de calentar y me ofrece mate. Me tomo uno mientras abro el frasco de maní, y todo ese momento lo vivo como en cámara lenta: el movimiento de mi mano ejerciendo presión para girar la tapa, el sonido del frasco al abrirse, el olor a maní tostado.
Todo eso me parece una sucesión de instantes que no se van a repetir. No en ese lugar. No con esa persona.
Le pregunto cómo está. Me responde:
—Hoy hace dos años de lo de la mami.
Como si eso ya indicara cómo se encuentra.
—Increíble cómo pasa el tiempo —agrega.
—Decímelo a mí —. Le contesto mientras me acuerdo del grabador. Tengo la necesidad de volver a donde estaba hace una hora. Se me ocurre que Pia puede haber subido al altillo a buscarme, pero sé también que a mi viejo no lo voy a volver a ver.
Le pregunto si tiene cartas y si quiere jugar al truco.
—Creo que sí —me dice— y vuelve enseguida con un mazo viejo. Dice que va a ir a buscar los porotos para anotar. Estoy a punto de decirle que no hace falta, que me tengo que ir rápido, pero lo dejo y me quedo mezclando las cartas mientras los busca. Regresa. Le digo que corte y reparto.
La verdad, no recuerdo que hayamos jugado alguna vez así, los dos solos. Los partidos familiares siempre eran de cuatro, o a veces de seis.
En la primera mano me tocan dos seis y un cinco de distinto palo. —Hoy es mi día de suerte—, pienso irónicamente.
Me dice: —Envido—. Le digo: —No quiero—. Él juega un cinco de basto; lo mato con el seis de oro y le digo: —Truco—. No quiere.
Uno a uno.
Aunque quiero disfrutar del partido, pienso: esto va para largo.
En la segunda mano también terminamos uno a uno y, en la tercera, vuelvo a repartir y me toca flor. —Qué lástima que no le tocó a él—, pienso; así puedo escuchar su “cantito” famoso.
El “orejea” las cartas y empieza:
—Cuando murió don Juan Manuel…
El solo hecho de escucharlo me emociona.
—Toda la gente decía…
Como si solo por vivir eso ya hubiera valido la pena todo el riesgo de este viaje mágico.
—Pobrecito don Juan Manuel…
Tengo ganas de interrumpirlo con un contraflor al resto, pero necesito dejarlo terminar.
Y, al final, agudiza la voz:
—Qué flor de bolas tenía.
Con un siete, un seis y un cinco de espadas no había con qué ganarle.
—¿Y, aprendiste? —me dice.
—Qué suerte tuviste—le digo yo.
Los dos entendemos qué me tengo que ir.
Le doy un abrazo.
Quiero decirle algo, pero no puedo hablar; él tampoco dice nada.
Vuelvo al jardín, apurando el paso para retomar mi desafío de intentar volver, y veo que el botón de adelantar del grabador quedó apretado cuando se cortó la luz y la cinta se fue hasta el final.
No lo puedo creer: tendré que empezar otra vez. Parece que hubiera pasado una semana desde que empecé a limpiar el altillo.
Le doy al de rebobinar, pero algo no está bien. Reconozco de inmediato el sonido; esto ya parece un cuento de Stephen King. La cinta del casete se soltó y está girando en falso. —¿Algo más? —, pienso.
No me queda otra que desarmarlo y pegar la cinta, como tantas otras veces hice.
Con mucho cuidado retiro los tornillos con un cuchillo Tramontina del quincho. Voy a buscar la cinta Scotch de la mesa de trabajo de mi papá y a él ya no lo veo; creo que se fue a dormir la siesta.
Reparo el casete y pienso que, si a lo mejor lo rebobino y le doy al play, pero sin abrir los ojos, no voy a ver en qué momento de mi vida estoy y me voy a poder guiar solamente por las canciones. La verdad es que tengo miedo de haberme ido muy adelante y de que, cuando abra los ojos, yo mismo no esté más, así que le doy bastante para atrás y le acierto justo a la primera estrofa de la misma canción.
Sin abrir los ojos, me doy cuenta de que estoy otra vez en Necochea. Escucho el sonido de un grillo y sé, aunque nunca lo vi, que es Luis. Así lo había bautizado Cachi (mi hermano mayor) en su canción, mi canción.
Pero tengo que continuar: le doy un poco más para adelante y encuentro la parte que buscaba. Abro un ojo, veo que vuelvo a estar en el altillo, respiro hondo y me llevo la mano izquierda al corazón.
Está todo desordenado, lleno de cajas de electrodomésticos, planchas de telgopor y cuadernos viejos; vuelvo a respirar conscientemente y digo gracias. Le doy un abrazo al grabador, un beso al casete y los dejo a un costado.
En ese momento Pia me pregunta desde abajo:
—¿Querés que prepare unos sándwiches y que vayamos a comerlos a la playa?
Le digo que sí; el orden del altillo puede esperar y, la verdad, un momento de relax me va a venir muy bien.
Pia grita:
—¡Siiiiiiiii!—
y empieza a cantar la canción que le hice, que tiene ritmo como de candombe:
—Agua, vamos al agua…
Y aunque desde arriba no puedo verla, estoy seguro de que está bailando como Celia Cruz, haciéndose la graciosa. Me río y lloro a la vez. Sé que la vida pasa rápido, ya somos grandes, pero el tiempo es hoy y estamos más jóvenes que en la próxima canción.
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