No cuentes ovejas
El insomnio es una de las peores cosas que te pueden pasar. Es horrible la sensación de estar cansado y no poder conciliar el sueño. El reloj avanza. Implacable. Tenés que levantarte en cuatro horas y aún no lograste pegar un ojo.
No te estoy contando esto desde la superación, ya que no solo no lo superé, sino que estoy atravesando el peor momento desde que empezó esta patología.
Solo estoy acá escribiendo esto (a las cinco de la mañana), con la intención de alertarte sobre lo que no tenés que hacer bajo ningún concepto.
¡No cuentes ovejas!
Por Dios, te lo pido. No lo hagas.
Fue la peor decisión que pude tomar.
Trato de no culparme. Las circunstancias me llevaron a este intento infantil desesperado.
Ya había probado todo: cenar temprano, no tomar café después de las tres de la tarde, eliminar las pantallas dos horas antes de acostarme. En fin, no sabía más qué hacer. Así fue que, hace exactamente once días, me metí en este mundo delirante del que no puedo salir.
Domingo ocho de marzo:
Estaba a punto de empezar con la cuenta de ovejas, pero necesitaba dar contexto a la situación. No podía simplemente imaginarlas saltando la cerca sin saber en qué lugar estaban. Así que me fui mentalmente a Chacra Taló.
No me hizo falta imaginarme los sesenta kilómetros que debía conducir para llegar desde mi casa a este hermoso predio de campo ubicado en Los Cardales. Gracias a mi poder de imaginación, apreté fuerte los ojos y ya me encontraba allí.
Caminé descalzo por el pasto durante unos minutos. La sensación fue tan placentera que me relajó bastante. Tal vez si hubiera intentado profundizar esa actividad por más tiempo hubiera logrado dormirme; pero quería cumplir con mi cometido de llegar hasta donde estaban las ovejas e imaginarlas saltando la cerca.
Seguí caminando un poco más, pasé por al lado de las canchas, esquivé el quincho del fondo y la edificación con los baños. Cuando ya estaba cerca de la cerca, me di cuenta de que el alambrado era muy alto y las ovejas no iban a lograr saltarlo. Por suerte, en mi mano derecha apareció de repente un alicate y no lo dudé. Bueno, en realidad sí lo dudé. Miré para todos lados para asegurarme de que Aníbal, el cuidador, no estuviera merodeando por ahí y, como no estaba, corté el alambre de arriba.
Hice más ruido del que me imaginaba cortándolo; en ese momento, de repente se callaron todos los grillos. Yo, que ya tenía los ojos cerrados, los apreté aún más, como para tratar de hacerme invisible por si acaso. Luego, cuando los grillos volvieron a traer la calma con su intenso canto, me retiré unos metros y me recosté en una reposera que había quedado sobre el pasto, al costado del quincho.
Nunca había visto tantas estrellas en mi vida. Esta ya estaba siendo la mejor noche de los últimos meses. Aunque aún no me había dormido, me sentía en verdad relajado.
Qué distinto hubiera sido si continuaba con esa práctica de mirar el cielo. Tal vez hubiera visto algún cometa, como cuando era chico y nos recostábamos en el patio de mi abuela. O quizás alguna estrella fugaz me hubiera hecho deslizar el cuello siguiendo su movimiento hasta encontrar la posición en la almohada que me permitiera apagar la conciencia, aunque sea por un rato.
Pero no. El trabajo estaba medio hecho. Ya había cortado el alambre de arriba y no iba a dejar las cosas así, a medio camino.
La primera oveja apareció con paso tímido. Algo desconfiada se acercó. Creo que desde lejos se dio cuenta de que había algo distinto en ese sector. Frunció el ceño desconfiada. Sus gestos eran muy expresivos; se veían muy humanos. No podía creer que fuera real, que al fin iba a poder salir de su prisión.
Necesitó la opinión de alguien más, así que se dio vuelta y, con la mano… bueno, con la pata de adelante, llamó a otra oveja para que viniera a testificar su hallazgo.
Estuvieron un rato deliberando, haciendo señas. Parecía que hablaban. Después se pusieron a dibujar en un papel y a hacer cálculos sobre si era posible pasar por encima de lo que quedaba de la cerca. Yo alcancé a ver, en el reverso del papel, algunos dibujos que tenían hechos desde antes, en donde se veían catapultas y escaleras que me hicieron acordar a la peli Pollitos en fuga. Se me escapó una pequeña risita que por un momento casi distrae a las dos ovejas y las saca de su plan de escape.
Una vez convencidas de que sin mayor esfuerzo iban a poder por fin liberarse, llamaron a todas sus compañeras.
Yo no sabía que había tantas. Empezaron a aparecer de repente y se amontonaron al otro lado del alambrado. Algunas tenían una mochila colgada en su espalda, otras traían un carry-on. Yo pasé del relax total que me había provocado la inmensidad del cielo al rol de espectador incrédulo.
Lo que parecía que sería un caos, por cómo se estaban amontonando, fue resuelto enseguida por las dos ovejas que habían llegado primero, quienes tomaron el papel de líderes.
En pocos minutos ordenaron a las descarriadas y las obligaron a formar filas. Colocaron postes y las separaron en cuatro grupos. Parecía que el escape se iba a dar de forma muy ordenada, hasta que una del grupo dos comenzó una discusión acalorada con las organizadoras. Al parecer, el tamaño de su mochila superaba los límites permitidos. No tardaron en sumarse a la protesta otras seis, al ver que su equipaje correría la misma suerte.
Parecía que todo se descontrolaba, pero la mayoría logró restablecer el orden de la manera más democrática posible. Las dos ovejas líderes fueron amordazadas y atadas, cada una a una estaca, y las dejaron junto al quincho, al lado de la parrilla.
Al fin, la más valiente de las ovejas logró saltar la cerca. La sensación que le produjo la brisa suave de la primavera sobre su melena, en el breve momento en el que las cuatro patas estuvieron en el aire, compensó con creces los años de cautiverio. Su mirada era tan expresiva que el agradecimiento se percibía en su brillo. Además, algo en su cara me parecía familiar.
Todas las del grupo uno y dos saltaron a la libertad de forma delicada y ordenada y, en ese momento, volví a recuperar la sensación de paz que me había dado el firmamento. En todas veía algún rasgo que me sonaba.
Cuando el grupo tres se preparaba para cruzar, la primera del grupo cuatro no aguantó más la espera y se le adelantó. A esta le siguió la segunda, la tercera y la séptima, quien no solo no respetó a las del grupo tres, sino que ni siquiera esperó su turno para colarse y se adelantó hasta a las de su propio grupo. Esto sí que resultó inadmisible. Una cosa era faltarle el respeto a una de otra tribu, pero hacerlo con una de tu clan, eso no podía permitirse.
Intenté por un momento cambiar el foco de atención hacia las que ya habían cruzado, ya que las que estaban discutiendo del otro lado me estaban empezando a alterar.
Me imaginaba que las de este lado, que ya habían logrado liberarse, intentarían escapar lo más rápido posible del predio, pero lejos de eso estaban disfrutando de las instalaciones. Unas ocho se habían metido a la pileta, diez estaban improvisando un picadito en la canchita de fútbol, en el que se enfrentaban esquiladas contra lanudas, y las que tenía más cerca mío estaban jugando al pickleball.
Me llamó la atención la destreza para pararse en dos patas y la inteligencia para seguir las reglas del juego. Hasta había una que se había quedado sin pareja para jugar y se dedicaba a saltar de un lado al otro de la red y a impactar la pelotita como si jugara al frontón, pero sin pared.
No sabía por qué me sonaban tanto las de la cancha cuatro; por alguna razón les veía un parecido, hasta que me di cuenta cuando se le cayó la peluca a una de ellas.
No lo podía creer: Javier y Néstor, mis excompañeros de colegio. ¡Eran therians! Eso sí que no me lo esperaba. Mi imaginación había superado todos los límites.
Mi yo que estaba acostado seguía con los ojos cerrados, pero mi otro yo, el que debía dormirse, los tenía abiertos de par en par y estaba más desvelado que nunca.
Parecía que la fiesta recién empezaba. Las ovejas todavía no habían pasado al salón principal del campo y apenas habían empezado a tomar vino de las botellas que habían logrado sacar del quincho de al lado de las canchas.
Yo ya veía inevitable que el sol nos encontrara ahí, desvelados en medio de la resaca y la impotencia. Pero llegó otro giro inesperado en la historia, uno que insinuaba el final.
En medio del caos ovino y mientras una de ellas, que estaba escondida detrás de un árbol, me llamaba de manera provocativa, apareció Aníbal con su perro, quien no tardó mucho en devolver a las ovejas a su estado de cautiverio y reparar el alambre cortado.
No hubo manera de que Javier y Fernando —mis excompañeros— lo pudieran convencer de que ellos en realidad eran humanos.
—¿Qué hacés por acá a estas horas? —me preguntó el cuidador, quien me conocía desde hacía muchos años.
—Nada. No podía dormir y vine a ver si el aire del campo me relajaba un poco.
La charla fue interrumpida por el gallo que empezó con su canto suave, pero que fue in crescendo de manera abrupta, hasta que me di cuenta de que no era el gallo del campo sino el de mi vecina, que una vez más venía a darme el veredicto:
Culpable.
Otra noche más.


Jaaaaaa genial!!! Me lo imagine todo con el relato!!! Muy bueno! Ahora las voy a mirar diferente a las ovejas...
ResponderEliminarTe felicito! Vamos x mas cuentos!
¡Que bueno! Que alegría saber que este delirio pueda resultar divertido no solo para mi. Gracias por leer y comentar!
EliminarFue tan real que me sentí en cada lugar que mencionas. Espero el próximo. Gracias
ResponderEliminarGracias!!! Me pone muy contento que el cuento resulte interesante y descriptivo. Te agradezco por tomarte el tiempo de leerlo y por el comentario
EliminarJajaajajajaja me encantoo
ResponderEliminarGracias por hacérmelo saber y por tomarte el tiempo de leerlo!! Un abrazo.
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