Muerte en cadena

 



Él nunca había matado a nadie. No era lo que se dice un tipo violento. Pero descubrió que un día de furia lo puede tener cualquiera.
Había dormido mal por culpa de unas ovejas y así, con ese fastidio, salió a la calle.

En el primer semáforo ocurrió el incidente que, paradójicamente, desencadenó la cadena de sucesos. De ahí en más, el resto se fue dando de manera natural. Como la muerte misma.

Se distrajo un segundo ante la luz roja mirando su móvil y el tipo que estaba atrás le hizo saber, con la violencia de un bocinazo, que ya era momento de avanzar.

La irritación que sintió se incrementó cuando observó por el espejo el auto del que había salido ese exabrupto sonoro.

—¿Qué te pasa? —le dijo, desafiante, frunciéndole el ceño al retrovisor.

El tipo de atrás ni se enteró de que se estaba gestando un conflicto unilateral.

El de adelante pensó: ¿Este payaso se cree que me va a venir a apurar porque tiene un coche caro de tres letras que empieza con B? El mío tiene cuatro y empieza con F

Aunque la intención del conductor enfadado era no dejarlo pasar, el de atrás, en cuanto encontró un lugarcito, lo pasó por la derecha con destreza y sin esfuerzo.

El que ahora estaba atrás pasó de cero a cien en siete segundos, pero no en velocidad, sino en bronca. Su único objetivo, a partir de ahora, era alcanzarlo.

¿Y cuándo lo hiciera, qué?

No se detuvo a pensar en eso, no tenía tiempo. Era como el coyote persiguiendo al correcaminos.

Nunca se dio cuenta de que su enojo no había surgido por culpa del conductor B. Él ya había salido de su casa enojado.

Parece gracioso, pero no lo es. F estaba cabreado por culpa de unas ovejas que no lo habían dejado dormir.

Cualquier cosa que hubiera pasado en ese primer semáforo de la avenida lo hubiera hecho enojar. Aunque el sonido de la bocina de B hubiera sido como el beep-beep del correcaminos.

Logró alcanzarlo un kilómetro más adelante. No gracias a su pericia al volante, sino a que B se había detenido en una gasolinera. Al parecer, no quería cargar combustible, sino vaciar el tanque; porque se fue directamente para el baño.

F salió disparado detrás de él. Se llevó consigo la mochila, no vaya a ser que le abrieran el coche y se la robaran. Aunque, de todos modos, no tenía nada de valor dentro. Solo la ropa para el gimnasio y la cadena con la que, a diario, aseguraba la bicicleta plegable que llevaba en el baúl.

F solo tenía una cosa en mente: matar a B. No quería solo discutir o agarrarse a trompadas. Estaba obsesionado, como la novia de Kill Bill.

Entró al baño y, para su suerte, no había nadie más adentro. Solo estaba su presa, quien ni se imaginaba que lo habían estado siguiendo todo este tiempo.

En el momento en que lo tuvo de perfil, F no pudo evitar que su mirada se desviara hacia la parte que B sujetaba en su mano derecha.

Mucho coche importado, pero acá no tenés mucho para ostentar, pensó y, sin mediar palabra, sacó la cadena de su mochila y lo ahorcó.

Con una tranquilidad asombrosa, F se agachó para atarse los cordones. Se aseguró de que B estuviera bien muerto y le quito de la campera las llaves del lujoso auto.

Pero, antes de poder ocuparse de los cordones, alcanzó a ver de reojo, en el compartimiento que tenía la puerta cerrada, unos zapatos.

Pensó en huir, pero no quería arriesgarse a dejar un testigo.

Con el envión de adrenalina que tenía, derribó la puerta de una patada y, en un movimiento sincronizado, hizo como un latigazo con la cadena y eso fue más que suficiente para partir el cráneo del pobre hombre, que esta vez cagó fuego.

Se sentía invencible. La destreza con la que había utilizado la cadena le había hecho acordar a un personaje del videojuego que tanto le gustaba de chico: el Yie Ar Kung Fu.

La agitada mañana no iba a terminar ahí. F trataba por segunda vez de atarse los cordones; aunque, esta vez, lo hacía con una sola mano. Con la otra, se estaba tapando la nariz por el olor que había dejado el que ahora descansaba para siempre en el trono.

Antes de que llegara a hacer el lazo, atravesó la puerta un tipo robusto y barbudo. De esos a los que les encanta llevar en la chaqueta de cuero el logotipo de su moto.

No fue más que entrar y ver el panorama: B tendido en el suelo y el otro tipo, del que ni sabemos la inicial, desparramado sobre el inodoro.

Inmediatamente se dio media vuelta y salió corriendo. Detrás de él fue F, aún con los cordones desatados.

El tipo de barba se subió a su moto de doble apellido y salió disparado. F tuvo un momento de lucidez —el único desde que se había levantado— y se dio cuenta de que con su coche no iba a poder alcanzar a la potente moto, así que decidió subirse al alemán del desdichado que yacía en el baño de la gasolinera.

Ahí estaba F en una nueva persecución, ahora detrás de H D.

El de la moto huyó en dirección norte. En la avenida no había prácticamente nadie.

F lo seguía de cerca. No podía creer la potencia que tenía el motor del coche. Por un momento tuvo una confusión de personalidad y se sintió B al borde de esa nave.

La persecución le recordó a Terminator, aunque acá el de la moto era el perseguido y el de la recortada era el desafortunado que había sido sorprendido mientras meaba.

H D, que ni siquiera había llegado a ponerse el casco, recordó las palabras de sus colegas motoqueros: “No esperes hasta lo último para ir a cargar combustible, alguna vez te vas a quedar tirado”.

La luz del tablero aumentaba la tensión de la persecución.

La escena del baño se le había grabado en la mente como una diapositiva. Mientras avanzaba a toda velocidad, seguido de cerca por el loco de la cadena, su mente repetía en cámara lenta, cuadro por cuadro, los dos segundos que duró su estadía en el lugar de los crímenes.

H D pensó en doblar a la izquierda para ver si, metiéndose entre las calles, podía perder a su perseguidor, pero sintió la primera señal de que se estaba quedando sin combustible. La moto perdía potencia y, como su posibilidad de escapar, iba camino a apagarse.

Esa primera merma en la velocidad de la moto le permitió a F alcanzarlo. Podría haberlo embestido por detrás, pero prefirió ponerse a la par. Quería ver el pánico en su rostro. Con un simple volantazo lo hubiera tirado de la moto. Pero descubrió, en ese momento, que su creatividad también podía ser usada con fines homicidas. Así que sacó la cadena por la ventana con su mano izquierda y, en un movimiento sencillo, hizo que esta se interpusiera entre los rayos de la rueda delantera.

Hasta la vista Baby.

El tipo voló como si fuera una oveja saltando una cerca y su libertad duró lo que tardó en estampar su cabeza contra el semáforo.

F retomó la avenida en dirección contraria. Qué bien se sentía no dejar ningún cabo suelto. Ningún testigo. Ya podía seguir con su día de manera normal. La paz volvía a su rostro.

Hasta que se dio cuenta de algo que hizo que sus facciones se endurecieran.

Apretó fuerte la cadena.

Alguien más sabia todo lo que había ocurrido:

Tú.

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