El amor primero
Si todavía funciona el correo por allá y si aún existe el almacén de Pocho, es probable que tenga alguna chance remota de que esto llegue a tus manos.
Ya sé que es
descabellado. Una carta a nombre del almacenero al que no veo hace más de diez
años, pidiéndole un favor absurdo, y otra carta adentro de la primera dirigida
a vos, Sandra. Ni siquiera sé tu apellido. A decir verdad, apenas recuerdo
algunos rasgos tuyos, pero uno, imborrable: tus rulos, moviéndose en cámara
lenta como en la publicidad de Pantene, iluminaban el patio con su brillo.
Pero, ¿quién me dice que cuarenta años después todavía los conservás? ¿Qué
posibilidades hay de que vivas todavía en Boulogne y, más aún, que vayas a
comprar a ese almacén?
Mientras releo la copia
de este manuscrito que guardé para mí, me doy cuenta de lo ridículo que fue
enviarlo. Pero bueno, vivo a 10.000 kilómetros, ¿qué querés que haga?
No puedo evitar la risa
al imaginarme la escena: el tipo del almacén preguntando a cada mujer de rulos,
de unos cincuenta años si fue a la escuela número treinta y si se llama Sandra.
Si la primera parte salió
bien, y él recibió mi carta, espero que haya respetado la consigna y no haya
abierto la tuya. Me daría un poco de vergüenza que leyera que, gracias a vos,
conocí el amor y que cuando terminó la primaria y no nos vimos más, salí a
buscarte por todos lados.
¿Qué importaba si nunca
habíamos hablado, si no se habían cruzado nuestras miradas? Eso seguramente
había sido amor. Mi panza no podía estar equivocada.
Pasaron muchos años, la
búsqueda fue larga. No te voy a negar que en el camino me distraje con otras
cosas: el fútbol, la música. No es que fueron años de llorar tu ausencia y no
poder seguir con mi vida. Era feliz, pero necesitaba encontrarte. Quería animarme
a hablarte, darte el primer beso, ese que seguía guardando para vos.
La espera valió la pena;
no sé cuántos años pasaron, no importa. Apareciste. Y no solo eso. ¡En esa
nueva realidad me sonreías! Como si me recordaras, como si vos también me
hubieras mirado sin que yo me diera cuenta.
Eras más grande. Obviamente
yo también. Pero vos más, como si los años no hubieran pasado de la misma
manera para ambos. Recuerdo que no estaba seguro de que fueras vos. Pero tenías
el nombre y los rulos. No podía haber error. Y lo más importante: mi panza. Esa
no se equivoca.
No solo nos hablamos y
nos miramos. Llegó ese primer beso. El que estuvo escondido por años. Guardado
en un sobre lacrado que decía “Sandra”.
No te lo di yo. Seguía siendo muy tímido. Qué importa quién lo dio. Se dio.
Masculinidad. Feminidad.
Cosas volátiles y relativas que nunca me parecieron muy relevantes. ¿Por qué el
hombre tiene que tomar la iniciativa?
Creo que me deconstruí de muy chico, incluso antes de construirme.
Mis dudas sobre si eras
la otra Sandra, la diferencia de edad… Tal vez yo tampoco era el otro Mario.
Compartimos un tiempo y te volviste a ir, pero ya no te busqué. Me volví a
distraer: la música, el fútbol.
Aunque cada tanto volvías, siempre te llamabas distinto y, a veces, ni tenías
rulos.
En ese momento apareció
el guía; sí, como en toda historia: la fórmula del camino del héroe. Fue en un
sueño, un hombre de barba. Nada muy original.
Me habló de la
importancia del primer amor y, al despertar, no sé si porque uno no recuerda
bien los sueños o simplemente por dislexia; en lugar del “primer amor” me quedé
con la idea de “el amor primero”. Y así me manejé durante toda mi vida. “El
amor primero”. Por eso dejé de buscarte, me olvidé lo del “primer amor”.
Pero no sabés lo bien que
me fue. Aunque me estoy dando cuenta ahora, mientras te escribo, que todo fue
por casualidad. La cuestión es que, unos pocos años después, conocí al amor de
mi vida y se manejaba igual que yo: “el amor primero”. No sé quién se lo
aconsejó o si también se equivocó, pero nos encontramos y no nos separamos más.
Llevamos casi treinta años casados y nos abrazamos todos los días. Ella no se
llama como vos, pero por supuesto tiene rulos.
No sé por qué te cuento
esto. Solo espero que la vida te haya tratado tan bien como a mí.
Te quiero agradecer por
haberte cruzado en mi camino. Con vos aprendí que el amor se siente en la
panza.
Me despido con un hasta
siempre. Mandale un abrazo a Pocho de mi parte.
Mario


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