La acompañante
Me senté y la vi en el asiento de al lado. Era una señora de unos setenta y largos, con la mirada un poco ausente.
Le dije a Mario, mi marido: cuando quiera ir al baño voy a tener que pasar por tu lado, porque me va a costar hacer que se levante.
Habíamos pasado la noche en el aeropuerto de Madrid y yo estaba realmente cansada. Entre el frío y la dureza del piso apenas había logrado dormir una hora.
Viajábamos a Buenos Aires para asistir al casamiento del sobrino de Mario y, de paso, aprovecharía para ver a mi mamá, que tenía noventa y dos años y había estado delicada de salud.
Estábamos más o menos en la mitad del avión. Mi asiento era el segundo contando desde la derecha, de los cuatro que formaban la fila del medio. Del lado del pasillo estaba la señora; del otro, mi marido, y a su izquierda le había tocado una mujer joven.
Lo primero que me dijo la señora fue que iba a Valencia. Yo pensé: “madre mía” (a veces ya pienso así, usando términos españoles), “la que me tocó al lado”. No sabe ni a dónde va.
Aunque me parecía imposible que una persona se subiera a un avión equivocado, la verdad es que me hizo dudar. En cuanto pude, me levanté —antes de despegar— y le dije a la azafata que la señora que tenía al lado estaba un poco perdida y decía que iba a Valencia.
Me contestó que no me preocupara, que el personal del avión estaba al tanto. La mujer viajaba con permiso médico: el hijo la había llevado hasta la subida del avión y la estaría esperando una acompañante en Buenos Aires.
Despegamos y, a los cinco minutos, la señora me preguntó cuánto faltaba. Yo me dije para adentro: no lo puedo creer, trescientos y pico de pasajeros a bordo y me viene a tocar justo ella al lado.
Pero enseguida comprendí el por qué de mi suerte. No era algo nuevo. Siempre me pasaban cosas similares. No exactamente viajar al lado de personas con problemas, pero sí presenciar situaciones en las que tengo que ayudar.
Era como un don que tenía para atraer ese tipo de cosas: accidentes en los que tenía que asistir a los heridos, gente que perdía cosas por la calle y debía perseguirlas para devolvérselas. Ese tipo de cosas.
Me reconforta la gratitud que demuestra la gente cuando la ayudo porque yo también soy muy agradecida.
Hasta una vez presencié un robo en un banco. Bueno… yo creía que era un robo. Estábamos en la cola, escuché lo que parecía un disparo y, al grito de ¡Al suelo! Agarré a la señora que estaba delante mío del cuello y la tiré sobre las baldosas para protegerla.
Aunque justo en esa oportunidad, la tipa no me lo agradeció mucho.
Cuando levanté la vista, todos seguían de pie como si nada y, encima, nosotras habíamos perdido nuestro lugar en la fila.
Al recordar estas situaciones entendí por qué me había tocado a mí esta acompañante: tenía que asistirla durante el viaje.
Que increíble. Más oportuna imposible. Justo el mes pasado había descubierto mi pasión en una sesión con mi coach. Debo reconocer que me llamó la atención la simpleza de su método:
—¿Qué harías por el resto de tu vida aunque no te pagaran?
—Ayudar.
—Perfecto. Esa es tu pasión. Son doscientos dólares.
¡Joder! Qué fácil y rápido se gana el dinero esta mina, pensé. Se ve que su pasión no debe ser coachear, o que no es algo que haría sin cobrar por el resto de su vida. Sino, no entiendo la necesidad de cobrar tan caro.
A Andrea, la coach, me la había recomendado mi marido.
En la siguiente sesión intentó explicarme que no está mal cobrar por ayudar y que yo podría tener un emprendimiento relacionado a esto y vivir de ello.
Esa parte todavía no la puedo asimilar. No me cabe en la cabeza eso de querer cobrarle a una persona por ayudarla. Eso sale mucho de mi zona de confort.
Sea como sea, tenía a mi derecha la posibilidad de practicar la ayuda desinteresada durante las doce horas del vuelo.
Mientras reflexionaba sobre esto, la señora me dijo:
—Cómo tarda el tren.
Pensé: va a ser duro.
Me quedé dormida y, a los pocos minutos, me despertó un zumbido, como si hubiera un insecto. Me di cuenta de que el sonido lo estaba haciendo ella con los labios. Le pregunté si necesitaba algo y el sonido se detuvo; no me contestó. Cerró los ojos ignorándome.
Pasó un buen rato. Ella se durmió plácidamente. Me dediqué a observarla. A pesar de su avanzada edad no tenía muchas arrugas y su pelo, aunque algo desalineado por el viaje, lucía bien cuidado.
Me llamó la atención que lo primero que hice cuando me desperté fue mirar a la derecha, recién después me di cuenta de que mi marido estaba hablando con la que tenía a la izquierda. Yo ya estaba más pendiente de la señora que de él.
Ya había tomado el lugar de cuidadora.
Cuando mire a la izquierda y Mario se dio cuenta, me dijo sonriendo:
—Es de Necochea —. Haciendo un gesto balanceando su cabeza para indicarme que se refería a la mujer de al lado.
—Ah, mira —le contesté, tratando de imitar su sonrisa, pero sin poder evitar que me salga una mueca irónica. —¿Lo conoce a César?
Ni bien terminé de decirlo, me di cuenta de que acababa de formular una de mis pregun-tontas. Ahora la sonrisa irónica era de él.
—¿Cajaravilla? —contestó ella.
Mario y yo nos miramos asombrados levantando nuestras cejas al mismo tiempo.
Volví mi atención al otro lado, la señora estaba despierta, como si nada, con la atención en la pantalla apagada del asiento de adelante.
—Esta ya la vi —me dijo.
—Ya debemos estar por llegar a Valencia, le voy a avisar a mi hijo que vaya saliendo para la estación.
—Todavía falta. Quédese tranquila, que yo le aviso.
La siguiente hora ella se la pasó abriendo los bolsillos de su cartera, buscando su celular. Calculo que probó unas treinta veces en cada uno. El patrón era siempre el mismo: primero el bolsillo pequeño del frente, después el del lateral derecho, luego el grande de adentro, a continuación, el mediano de atrás y, para finalizar la ronda, el externo izquierdo. Ahí se detenía un segundo y me decía:
—¿Me podés llamar a mi móvil, que no lo encuentro?
—Voy a buscar el número, lo tengo anotado en un papel —, y ahí se repetía el patrón de la búsqueda.
Cuando finalizaba y no encontraba el papel, me decía:
—Voy a llamar a mi hijo para preguntarle mi número.
Y vuelta a empezar. Me hizo recordar lo mucho que me fastidiaba de chica el cuento de la buena pipa.
A la quinta vez que intenté detener su búsqueda obsesiva ofreciéndole ver una película, lo logré.
Yo también tenía mi patrón. Esperaba que repitiera la búsqueda tres veces y la interrumpía.
—¿No quiere que veamos una película? Yo la ayudo.
Tenía la convicción de que su loop repetitivo de acciones lo iba a cortar con otra sucesión similar.
Así fue. Cuando se cansó de escucharme repetir lo mismo, me dijo:
—Uf, qué pesada. Está bien, poné la película que quieras.
Mientras Mr. Bean hacía de las suyas, tuve la sensación de que la gente nos miraba como si ambas estuviéramos locas. Parecía que nos turnábamos para reírnos. Yo, como ya me la sabía de memoria, me reía antes de tiempo, y ella, que reaccionaba tarde, lo hacía cuando la parte graciosa ya había pasado.
No recuerdo que hayamos llegado al final de la película. Creo que las dos nos dormimos al mismo tiempo.
Me desperté con una sensación agradable: la de estar haciendo lo que mi corazón me mandaba.
Al parecer, Andrea (mi coach) estaba en lo cierto. Había descubierto mi pasión.
Es más, estaba contenta de haber seguido su sugerencia de anotarme en la agencia de ayudantes voluntarios. En cualquier momento me podían asignar alguna tarea.
De reojo, sin desviar la atención de mi acompañante, que seguía durmiendo, lo vi a Mario que estaba compartiendo un libro con la de al lado.
—Tengo hambre —fue lo primero que dijo la señora cuando se despertó. Voy a llamar a mi hijo para que me traiga algo de comer. Justo en ese momento pasaron los del personal del avión sirviendo la comida y me salvaron de repetir la coreografía de la cartera.
—¿Y el pollo? —me preguntó
—Usted eligió pasta, por eso no le dieron pollo.
—Pero yo quería pollo.
—Bueno, si quiere, se lo cambio.
Mientras seguía repitiendo que quería pollo, no paraba de comerse los ravioles. Al final, cuando le quedaban tres, me dijo:
—Bueno, cambiámelo.
La segunda mitad del viaje se me hizo un poco larga. No sé si fue porque ella no quiso ver más películas o por el hambre que tenía. Pero, de todos modos, no me aburrí.
Me contó que su hijo era escritor. Yo le dije: “ah, como mi marido” y miré para mi izquierda, esperando algún gesto de él, pero estaba muy ocupado hablando.
Después me dijo que el hijo era doctor y, al rato, arquitecto. Yo no sé si ella tenía familia numerosa o si su hijo había hecho más carreras que Schumacher.
Cuando me levanté a hacer pis por segunda vez y tuve que molestar a ambos, sentí una sensación que debió haberme activado la alarma. Mi marido le estaba leyendo a la de al lado un fragmento de su libro de poesía, y ella, con un resaltador rosa, estaba marcando algunas partes.
¡Rosa! Mario odiaba el rosa. Una vez me había hecho un escándalo porque le había subrayado un párrafo de una novela con ese color.
¿Por qué no me había pedido el naranja que yo tenía en mi cartera?
¿Por qué permitía que una extraña ensuciara su libro con ese color que tanto odiaba?
¿Por qué no me había saltado la alarma y lo único que quería era ir a hacer pis rápido y volver para no dejar sola a la señora?
Al parecer, mis prioridades habían cambiado.
¿Serían los daños colaterales por haber descubierto mi pasión?
Lo extraño era que me sentía muy bien. Estaba cansada, hambrienta y, por momentos, estresada, pero tenía una sensación de paz y de plenitud que pocas veces había vivido.
Yo le decía Carmencita y ella me decía Nena. Y ahí estábamos, otra vez, con la coreografía del celular y de la cartera, pero a gusto. Sabiendo que estaba haciendo algo por alguien y ese alguien “era yo misma”. Eso lo había aprendido también de mi coach: al ayudar, no solo colaboraba con la persona que lo necesitaba, sino que también me sentía realizada. Era todo ganancia.
A la cuarta vez que me preguntó cuánto faltaba para Valencia me hizo dudar. Tuve que repasar mentalmente los motivos de nuestro viaje: el casamiento del sobrino de Mario y visitar a mi mamá. De todos modos, para asegurarme, miré en la pantalla el recorrido.
Respiré aliviada. El dibujito mostraba un avión, no un tren. Y el destino final era Buenos Aires. Mi salud mental estaba intacta. O al menos igual que cuando había iniciado el viaje.
Intenté sacar el celular para jugar al Candy Crush y despejarme un poco, pero no hubo caso. Al igual que las otras veces, Carmen empezó a hablarme y, como veía que no lograba capturar el cien por cien de mi atención, puso su mano delante de mí móvil y me empezó a contar dónde vivía. Utilizó las líneas de la palma de su mano para mostrarme las calles.
—Esta es la 9 de Julio —me dijo, señalando con su índice la línea más larga—. Y esta que sale en diagonal es Roque Sáenz Peña. Acá está mi edificio, justito donde se juntan las dos avenidas.
En ese momento, al recorrer con su dedo la diagonal, alejó un poquito la mano. Me di cuenta de que se había hecho cosquillas y me hizo gracia.
—Y este es el puesto de diarios —. Me señaló un punto imaginario. Acá compro la Gente.
Yo no pude evitar relacionar el lugar donde vivía (pleno centro) con el estado de su salud mental.
Ahí me aclaró: la revista Gente. No sea cosa que yo pensara que se dedicaba a la trata de personas.
—Desde hace dos años pago una suscripción y el chico me trae la revista a casa. Me la tira por el balcón. ¡Tiene una puntería! Vivo en el piso trece.
Mi marido no quería comprar en ese piso por lo de la mala suerte, ¿viste? Pero yo no soy nada supersticiosa. Es más, a la hora de elegir, aunque los cuatro departamentos del piso trece estaban disponibles, yo, a propósito, elegí el martes.
Me dejó recalculando, pero al instante ya me estaba hablando de sus gatos. Tenía cuatro: tres machos y una hembra.
—¿Querés saber los nombres?
Desde luego no me dejó contestar.
—Se llaman: el Gato con Botas, el Gato Dumas y el Gato Sessa.
—¿Y la gata?
—Fernández —. A los últimos dos les puso el nombre mi marido, que era futbolero.
—¿Era? —¿Cuándo murió?
—No, ¿qué se va a morir ese? Yerba mala nunca muere.
—Era futbolero. Ya no le gusta más el fútbol porque dice que está todo arreglado . Qué sé yo. No le doy bola. Yo hablo más con los gatos que con él.
—Me gusta tener la casa llena de vida, por eso elegí gatos en lugar de perros. Entre los cuatro suman veintiocho vidas.
—También tengo muchas plantas. Setenta y cinco, como mi edad. Cada año me compro una nueva.
—¿Querés saber cómo se llaman?
Por suerte, una vez más me salvó la azafata. Estaban repartiendo el desayuno. Faltaba poco para llegar.
Cuando miro hacia la izquierda para darle a mi marido la mitad del sobre de azúcar, como hacíamos siempre (con un sobrecito tomábamos los dos), veo que ya se está tomando el café. Ni siquiera advirtió que lo estaba mirando. Pero eso no fue lo que más me llamó la atención. La vista se me fue sola al libro que él sostenía con su mano izquierda. Me deslumbró el resplandor que irradiaba. Era todo un manchón de resaltador rosa. El arma homicida la sostenía ella en la mano derecha.
¿Era necesario marcar todo el libro?
No veía palabra que no estuviera resaltada. Ese derroche de fluido fluorescente me repugnó. Había marcas rosa en la mesita de él, en la de ella, en las manos de ambos. Un asco.
La voz de Carmen me sacó de esa situación empalagosa.
—Quiero leche.
Estuve a punto de contestarle una guarangada relacionada con mi marido, pero me contuve.
—Usted dijo que quería café solo, por eso no le dieron leche.
—Siempre lo tomo con leche.
Respiré hondo y le di para que se tomara el mío.
Faltaba menos.
Me puse a hacer un repaso de lo que había sido el vuelo hasta ahí y me di cuenta que no había sido tan terrible el reto de asistir a Carmen durante todo el viaje.
El destino me había puesto una prueba y la estaba superando. A lo mejor también había sido por eso que a mi marido le había tocado esa acompañante: para que estuviera entretenido durante el vuelo y yo pudiera ocuparme de lleno de mi tarea. Una vez que llegáramos a Buenos Aires volveríamos a conectarnos entre nosotros y todo retomaría su curso normal.
El aterrizaje fue un poco brusco. Ella se puso tensa y cerró los ojos, pero cuando la agarré de la mano se calmó. Durante los minutos de espera hasta que abrieron la puerta no nos hablamos. Las dos sabíamos que era momento de despedirnos.
Quite el modo avión del celular.
Creo que era la primera vez que veía un desembarque tan ordenado. Cuando le llegó el turno a nuestra fila, mi marido y la de al lado comenzaron a buscar sus pertenencias en el compartimiento de arriba. Él, muy gentil, le bajó su valija y, cuando al fin se dignó a mirarme, le dije:
—Andá, ahora voy, estoy esperando que la vengan a buscar.
La azafata le había dicho a Carmen que tenía que esperar a que viniera su acompañante.
Los vi que se iban y seguían hablando muy cordialmente. Alcancé a escuchar que ella le estaba contando algo sobre el monumento de la sirena que está cerca del casino de Necochea. Del bolsillo de atrás del jean de Mario asomaba el resaltador rosa de ella.
Me llegó un mensaje al celular. Era de la agencia de voluntarios en la que me había anotado el mes pasado. Me habían asignado un trabajo.
El avión estaba casi vacío.
Llame a la azafata y le dije:
—Nos vamos. Yo soy la acompañante.


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