El desvió
Era sábado, hacía poco que se había ido el sol y el clima estaba ideal para tirarse en el sillón a ver una serie, y ese era justamente el plan que tenía en mente Juan.
Solo cinco minutos lo separaban del calor del hogar. Un día largo y duro estaba por cerrarse de la manera más placentera. El vino y la picada harían el maridaje perfecto con la plataforma de streaming. El lunes habría tiempo para comer sano.
Sweet child of mine de Guns N’ Roses sonaba en la radio. ¿Cuántas veces había escuchado esa canción? Tal vez miles, pero no se cansaba de ella. No podía evitar esperar a que llegara el solo de guitarra de Slash. Le parecía una obra de arte.
Siempre que iba en el auto y escuchaba este tema se veía obligado a hacer el acting, como si él estuviera tocando la guitarra. El problema venía cuando intentaba emular el sonido producido por el wah-wah— ese efecto tan característico que se logra con un pedal—. Juan, con su pie derecho apretaba y soltaba el acelerador imitando a su ídolo, y el auto se comportaba como si fuera una lancha. Una vez había tenido una fuerte pelea con su mujer por esta práctica peligrosa.
En la última rotonda antes de llegar a su casa, aminoró un poco la marcha para dejar que pasara el bus que venía por la avenida. Podría haber pasado antes, pero prefirió ser gentil y cederle el paso, así además le daba tiempo al tema de los Guns para que llegara la parte del solo.
En el momento en el que los tambores ya auguraban la entrada triunfal de la Gibson Les Paul, desvió su atención un niño que, corriendo a toda velocidad, intentaba alcanzar el autobús. Por desgracia, el suelo mojado y los botines de fútbol le jugaron una mala pasada. Terminó tendido, agarrándose la pierna y viendo como se evaporaba su posibilidad de llegar más rápido a su casa.
No había nadie en la calle, solo una señora venía con su perro a unos cincuenta metros, pero al parecer ni se había dado cuenta del incidente. Juan solo tenía que doblar a la izquierda y en tres minutos estaría en su casa. Cinco a lo sumo, si se quedaba en el coche disfrutando del virtuosismo del guitarrista británico. Pero no pudo ser indiferente. Y el mundo a veces es paradójico, por no decir injusto.
¿Por qué las buenas acciones a veces traen resultados oscuros?
¿Quién escribe el guión del causa y efecto de cada uno de nosotros?
Juan pensó en ese instante que, si él no hubiera dejado pasar al bus en la rotonda, tal vez el chico no lo hubiera perdido.
Se bajó del coche y le preguntó cómo estaba. La sangre que brotaba de la rodilla y la ropa sucia hacían que el accidente pareciera mayor de lo que había sido.
Juan lo dudó no una vez sino varias en ese breve instante en que interactuaron, pero no le costaba nada llevarlo.
La situación era incómoda, el niño se veía asustado. No era para menos, su madre le había dicho varias veces que ni se le ocurriera subirse al coche de un desconocido. Pero ahí estaba en el asiento de atrás mirando por la ventana, casi sin querer girar la cabeza hacia adelante.
Juan no sabía si hablarle o si quedarse callado. Quería llegar cuanto antes y dejarlo en la estación, pero a su vez estaba haciendo un esfuerzo por ser muy prudente en su conducción y no ir rápido. No quería correr ningún riesgo.
Vaya suerte, se dijo para sí. Con las ganas que tenía de llegar a casa. Y encima me perdí el solo de Slash.
A mitad de camino, casi al mismo tiempo, Juan recibió una llamada de su esposa y Pedro una de su madre como respuesta a un mensaje que él le había enviado.
—Quédate tranquila, un señor me está llevando—. El niño intenta que Juan no lo escuche.
—Me voy a demorar un poco, pero te llevo una sorpresa— Dice Juan en voz baja mirando el vino que asoma de la bolsa que tiene en el asiento del acompañante.
—¿Qué? ¡Estás loco! Decile que pare y bájate ya mismo ¿Cuántas veces te dije…?.
El chico estaba cada vez más asustado. La frase del conductor le había generado una tensión que él nunca había sentido.
No se animaba a decirle que detuviera el coche. Para colmo, acababa de darse cuenta de que había manchado el respaldo del asiento con la sangre de su rodilla.
Juan advirtió que más adelante había ocurrido un accidente. Tuvo ganas de putear pero se contuvo. Por otro lado, se sintió reconfortado por haber interpretado a la perfección el estado de la calle y haber ajustado su forma de manejo a modo precaución. La policía, una ambulancia y un coche atravesado en el carril contrario no le dieron otra opción que desviarse.
El chico, que en ningún momento había dejado de mirar hacia el costado por la ventanilla, sintió cómo todo su cuerpo se activaba. Esa sucesión de árboles no formaba parte del camino que lo llevaba a su casa. Su destino se estaba torciendo delante de sus ojos.
En un rapto de coraje, abrió la puerta, se tiró del coche y en una fracción de segundo, luego de rodar en el pavimento, entró a correr y desapareció en el pequeño monte que bordeaba la calle.
Juan se bajó desesperado. Lo buscó por todos lados, pero no había rastros del chico. Se metió en el monte y aun sin saber su nombre, lo llamó a los gritos. Nada
Volvió al coche. En la calle no había nadie a quien preguntar.
Llegó a su casa. Apenas se había demorado diez minutos, pero él tenía la sensación como si hubiera vuelto una semana después.
Prefirió no decirle nada a su mujer sobre el incidente, pero su cuerpo hablaba por él.
Casi no comió, solo se tomó el vino sin disfrutarlo y la serie se le escurrió entre suposiciones y pensamientos oscuros.
Las pesadillas se repitieron durante toda la noche: una multitud quería linchar a un tipo al que la policía llevaba esposado.
El domingo pasó volando y tuvo todo el día la sensación de estar desdoblado y que su mente viajara en un avión que se llevaba el fin de semana, mientras su cuerpo se quedaba anclado ahí.
Ojalá Juan hubiera podido llegar a la oficina y empezar la semana de la manera rutinaria que a veces odiaba. Pero ese lunes, el noticiero que anunciaba la desaparición de un chico del barrio, le impidió salir de su casa. Una mujer estaba siendo entrevistada en vivo y decía que lo había visto subir a un coche negro el sábado a la noche…
La policía no tardó en llegar a su casa y fue por ellos que se enteró que el chico había aparecido en el fondo del acantilado.
¿Era el mismo chico que él había llevado? ¿Cómo podía un acto de generosidad convertirse en una condena?
Juan nunca pudo saber la verdad de lo que pasó esa noche. Para el resto del mundo, merecía pudrirse en la cárcel. La sangre de Pedro en el respaldo del asiento fue una prueba más que suficiente.
Nadie se enteró jamás que el chico corrió desesperado intentando escapar de su posible agresor. Que el pánico y la oscuridad lo llevaron a perderse en el pequeño monte. Que la luz de la luna lo atrajo hacia el mar y que un desvío mal tomado en una rotonda, puede costarte muy caro.

Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por comentar